Dar de cenar a unas hienas no era, ni mucho menos, la idea que yo tenía de una noche mágica en una ciudad increíble en el sur de Etiopía, pero al final no resultó un plan tan malo.

Harar junto a muchas otras urbes que le disputan ese honor, y después de la indiscutible trinidad de La Meca, Medina y Jerusalén, está considerada la cuarta ciudad santa del Islam. Esa peculiaridad, dentro de un país eminentemente cristiano como Etiopía, ya es un motivo más que suficiente para visitarla. Aparte de que es una ciudad que está declarada Patrimonio de la Humanidad y de que en ella vivió y se dedicó al tráfico de armas Arthur Rimbaud, uno de los mejores poetas que ha dado Francia, debo reconocer que a mi de la visita, lo que más me tiraba era el asunto de las hienas.

Desde el siglo XIX hay una serie de personajes, los “hiena man”, que están encargados de alimentar a las hienas que merodean al anochecer por el exterior de las murallas. Se adoptó esta extraña costumbre porque muchas noches, al cerrar las puertas de la ciudad, las hienas se merendaban algún que otro borracho e incluso a niños que se quedaban fuera. Dándolas de comer conseguían que estuvieran saciadas y que, además, se acostumbraran a la presencia del hombre y no le atacaran. No se si la fórmula les dio resultado, pero la siguieron practicando y, a día de hoy, ha pasado a ser un divertimento para los habitantes de la ciudad y para los extraños que por ahí nos acercamos.

Siguiendo las indicaciones de los lugareños, salimos por la puerta de Assum, hasta que tras algunos minutos andando, vimos un montón de gente concentrada con unos cuantos coches alrededor de ellos con los faros encendidos. He de reconocer que pasamos algunos momentos de incertidumbre, porque el camino estaba muy oscuro y muy solitario, y pensábamos que en cualquier momento podrían aparecer un montón de hienas y devorarnos.

El Hombre Hiena

La gente formaba un semicírculo, que estaba despejado en la dirección que daba al campo. En mitad de este semicírculo, había un hombretón tumbado con varias cestas de mimbre a su lado. Enseguida percibimos unas sombras vagando por la parte abierta del círculo. Poco a poco, las sombras fueron entrando en la zona iluminada y pudimos distinguir los cuerpos achaparrados y el característico andar errático y bamboleante de un grupo de hienas. El “hiena man” sacó unos trozos de carne de una de las cestas y los lanzó hacia las hienas. Estas, desconfiadas, tardaron un tiempo en acercarse, hasta que gradualmente y a base de lanzar más trozos de carne, se fueron confiando y acercando hasta el “hiena man”. Al poco tiempo le rodeaban varios bichos de diferentes tamaños. Algunas eran enormes, con unas cabezas macizas y unas mandíbulas imponentes. Los adultos eran, por lo que me pareció, en su totalidad hembras. Marcaban férreamente las jerarquías, atrapando las más grandes los mejores bocados y apartando a las más pequeñas con gruñidos y alguna que otra dentellada. La escena parecía sacada de lo más profundo del averno. Cuando las hienas estaban más cerca del “maestro de ceremonias”, este dejó de tirar trozos de carne, se tumbó, y puso uno de los canastos entre sus piernas. Una de las más grandes se acercó y comenzó a comer del canasto. Me gustaría haberle preguntado si aún conservaba sus partes pudendas intactas. Al cabo de un rato, actuando con movimientos pausados y suaves, tomó un trozo de carne, y una sonriente hiena lo cogió directamente de su mano. Siguió dando trozos con la mano, hasta que preguntó en francés y en inglés, si alguien del público se atrevía a alimentar a las bestias.

Tras unos cuantos titubeos, varias personas nos ofrecimos voluntarios. El primer turno le tocó a una chica. El resto nos tranquilizamos al ver que la cosa había salido bien y que el trozo de carne que la hiena se había zampado, no pertenecía a la voluntaria. Enseguida me tocó a mi el turno. El “hiena man” hizo que me arrodillara a su lado, me dijo que estuviera tranquilo y me dio un palito con un trozo de carne pinchado. Me puse el palito en la boca y la hiena se acercó a cogerlo. El bicho tenía una cabeza bastante más grande que la mia, algo por otra parte notable, y una mandíbula que me recordó a un cantante inglés de los años 70. Yo me mantuve en tensión para salir corriendo en cuanto viera que la cosa se ponía fea. La hiena cogió la carne con la típica delicadeza de las hienas y tuvo el detalle de dejarme el palito por si quería ofrecerle otro bocado. A continuación, y para rizar el rizo, el “hiena man” cogió con la mano otro colgajo de carne, me pasó la mano por detrás de la cabeza, y la sostuvo a unos pocos centímetros de la oreja. La hiena se acercó y cogió el trozo de carne, teniendo a bien dejar intacta mi oreja. Algo que me emocionó profundamente. Para que luego digan de las hienas.

La función continuó, con más voluntarios, más trozos de carne, más orejas indemnes y más hienas satisfechas. Yo me fui envalentonando y me puse a hacer fotos desde todos los ángulos y a todas las distancias. De vez en cuando notaba una sombra que me pasaba por la espalda o por un costado y veía, por el rabillo del ojo, a una hiena husmeando a mi alrededor o comiendo su bistec poco hecho a mi lado.

Alimentar a la hienas ha pasado a ser un espectáculo destinado a visitantes etíopes y extranjeros, pero no por ello ha perdido su potencia visual y su punto de encanto y de riesgo. Hay que recordar que, las hienas, al igual que cualquier otro depredador, son animales salvajes, muchas veces imprevisibles e imposibles de dominar. El riesgo siempre está presente, y eso es lo que le da a esta experiencia un increíble atractivo.

Anímate a cenar un día con el “hiena man” y sus simpáticas compañeras de juegos.

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