Salimos juntos de Saint Louis, pero al poco tiempo nos separamos en dos grupos. Adán llevaría a Rafael por carretera al sur de Senegal, a la región de Casamance, con el fin de que no sufriera mucho por el camino. Miguel y yo iríamos hasta el sur por nuestra cuenta haciendo pistas y dándole un poco de caña, para reunirnos más tarde en Casamance con ellos.

El trayecto... más o menos

El trayecto… más o menos

Al poco tiempo de salir, Miguel tuvo un problema con los rodamientos de una de las ruedas de su moto y tuvimos que parar en Louga para buscar un taller en el que efectuar la reparación. El taller, parecía el escenario de una batalla entre Transformers. En un patio abierto y sin protección alguna, descansaban cientos de piezas pertenecientes a docenas de motos, desperdigadas por el suelo. Encontrar algo ahí parecía un milagro. De todas maneras, como dice el refrán; Tu orden es mi desorden. A pesar de que en esa zona de África no existen motos de este tipo, el mecánico pudo encontrar milagrosamente unos rodamientos que le servían.

A causa de las reparaciones echamos ahí la mañana entera. Adán y Rafael siguieron su camino, mientras nosotros esperábamos a que repararan la moto de Miguel. Mientras hacíamos tiempo recorriendo la ciudad, que sinceramente no tenía ningún atractivo, fuimos testigos de un suceso muy desagradable.

El taller de Louga

El taller de Louga

Un grupo de niños estaban jugando a la pelota en una calle de las afueras. Las grandes calles de estos países suelen ser una especie de ágora, un centro de reunión para las gentes del barrio, en el que puestos de ventas se juntan a gente charlando, niños jugando y vehículos circulando. De pronto apareció una pick-up a toda pastilla, de las que funcionan como improvisados taxis comunitarios, cargada hasta los topes de gente. Los niños se apartaron rápidamente, como solían hacer siempre que se acercaba un vehículo, pero uno de ellos se demoró unos instantes más para recoger su preciado balón. La camioneta lo embistió a toda velocidad y el chico salió volando unos metros. Todo el mundo se arremolinó rápidamente alrededor del muchacho, pero lamentablemente había muerto en el acto.

Tras recoger la moto decidimos comer en Louga y seguir camino para intentar recuperar algo del tiempo perdido. Salimos a toda mecha por pistas arenosas típicas del Sahel. El Sahel es la zona  de transición que hay entre el desierto del Sáhara y la sabana africana. Es un terreno con grandes áreas de pasto, matorrales y árboles espaciados, que crecen sobre un terreno arenoso. La conducción era parecida a la que se hace en las zonas arenosas del desierto, aunque generalmente vas por pistas, lo que te obliga a trazar un itinerario. En el desierto puro y duro vas más por libre.

Comiendo en Louga. Reconozco que tengo cara de maníaco en esta foto

Comiendo en Louga. Reconozco que tengo cara de maníaco en esta foto

Ibamos dandole cera, porque nos apetecía, y porque contábamos con llegar a Ziguinchor a recibir a Rafael, estar unos días con él y despedirle cuando se fuera a España a descansar de sus heridas. Yo paraba de vez en cuando porque me encanta hacer fotos, charlar con el personal y hacer un tipo de viaje en el que lo fundamental no es ir dando caña a diestro y siniestro, mirando solo al frente, sin ver lo que va pasando a mi alrededor. Miguel iba a lo contrario, a darle caña sin mirar a los costados ni para atrás.

Cuando me retrasa algo, apretaba un poco más el acelerador, posiblemente más de la cuenta. Al entrar en un cruce, me encontré un montón de rodadas muy profundas en la arena y la moto se me fue de adelante. Fue un lance que se repite a menudo en los viajes y que no tiene mayor importancia, si no fuera porque en esa ocasión la moto me cayó encima de la pierna en una posición bastante incómoda, por decirlo de alguna manera. El pie quedó doblado, con la punta mirando hacía atrás y el resto de la pierna en su posición normal. Una posición de contorsionista que no me dolía demasiado, pero que me impedía hacer fuerza para quitarme de la moto de encima, so pena de partirme el tobillo.

Unos colegas moteros

Un grupo de colegas moteros

Ahí estaba inmovilizado, en mitad de un camino, sin poder hacer nada de nada. A Miguel hace tiempo que le había perdido de vista, y por la zona no se veía nadie. Pasaron más de 15 mn., que a mi me parecieron horas, y el cretino de mi compañero seguía sin aparecer. Fuera de la incómoda posición y un leve dolor en la pierna, no había ningún otro riesgo. No es que hubiera por ahí animales salvajes, salteadores de caminos o ninfómanas deseosas de aprovecharse de un indefenso varón inmovilizado en el suelo, pero la verdad es que estaba bastante incómodo y frustrado. Ni tan siquiera tenía algo para leer a mano.

Al cabo de más de media hora, apareció por el camino un paisano con su hijo. Se quedaron muy extrañados al ver la situación en la que me encontraba. Les pedí por señas, ya que no hablaban francés, que me ayudaran a quitarme la moto de encima, lo que hicieron con presteza. Me levanté, les di las gracias efusivamente y comprobé que mi pierna seguía en su sitio. Revisé la moto, comprobar que no había tenido ningún daño y que arrancaba perfectamente y saqué unas barritas energéticas de chocolate para regalarle al niño. Al poco tiempo de estar de charla con ellos, apareció mi “compañero” de viaje, por llamarle de alguna manera. Le expliqué lo que había pasado y le dije, bastante enfadado, que si quería viajar solo por África por mi bien, pero que me lo tendría que haber dicho antes de la avería en Louga, para no haber perdido toda la mañana esperándole.

Miguel con mis improvisados salvadores

Miguel con mis improvisados salvadores

Miguel ya había dado bastantes muestras de ser mal compañero de viaje durante el accidente de Rafael, y durante el resto del trayecto su actuación no hizo más que refrendarlo.

Seguimos, sin más imprevistos hasta Kaolack, una ciudad que estaba un poco antes de la frontera con Gambia, donde nos paramos a dormir para intentar atravesar temprano Gambia, un país que como un estrecho cuchillo parte Senegal en dos.

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