Vamos, que pongo esto como podía haber dicho que acabamos en Pamplona. Era de noche, íbamos por pistas, estábamos agotados… y no recuerdo donde acabamos exactamente. Pero a esa altura más o menos.

Esta entrada del blog se podría haber llamado “desayuno frugal en el centro de salud”, si hubiera habido un auténtico desayuno, si nosotros fuéramos frugales y si el sitio en el que dormimos pudiera llamarse centro de salud. Comimos un par de barritas energéticas, y tras agradecer múltiples veces la ayuda que nos había prestado, nos despedimos calurosamente de Abdoulaye.

Salimos, tras la infernal jornada del día anterior, con la mayor parte de la ropa aún mojada, sobre todo las botas, que eran las que habían pasado por encima de la mitad de los charcos de Senegal, y algunos traídos de fuera para la ocasión. Las botas son teóricamente impermeables, pero hasta cierto punto… que obviamente habíamos superado con creces.

Cruzando un vado

El día se presentaba soleado, aunque el barro y los inmensos charcos de las jornadas anteriores seguían agazapados por el camino, más insistentes que un vendedor de enciclopedias a la puerta de una vivienda de jubilados.

Iniciamos la marcha hacia el noroeste, siguiendo las indicaciones que nos había dado Abdoulaye. Al antiguo estilo, a pelo, sin GPS. Obviamente el antiguo estilo suele traer aparejado al cabo de unas pocas horas de marcha, en el caso de que no seas piel roja o boina verde, la perdida total del rumbo, que fue exactamente lo que nos pasó. Al poco rato no teníamos mucha idea de donde narices estábamos. Lo de África estaba más o menos confirmado, de ahí para adelante, concretar era muy arriesgado.

Seguíamos alejados de la carretera principal, que estaba anegada, por lo que no había indicación alguna, ni nadie por el camino que hablará algo inteligible para nosotros y que nos pudiera dar indicaciones. Cuando se moja la laterita, siempre se suspende el partido, al menos en Roland Garros… pero para nosotros no había suspensión que valiera. Había que rodar hacía España sin demora, que ya me había perdido cuatro capítulos de Jugo de Tronos y me iba a costar un montón reengancharme de nuevo a la serie.

Tras varios kilómetros de vueltas y más vueltas tras encontrar los caminos cortados por el efecto del agua, de preguntar a aldeanos que solo hablaban peúl, y de observar al cielo esperanzados a ver si se trocaban las nubes por un “rompimiento de gloria” y nos llegaba la inspiración divina, decidimos coger la morsa por los cuernos. Y digo morsa en lugar de toro, porque nos tiramos al agua de cabeza.

En uno de los innumerables caminos cortados por la riada, decidimos no dar la vuelta y atravesarlo con las motos por las buenas o por las malas. Al un lado estaba la salvación, al otro la desesperación. La alternativa estaba clara, lo que no estaba tan claro era la forma de llevar a buen fin la alternativa.

Un grupo de aldeanos, que atraídos por la curiosidad se nos habían acercado, nos indicaron un lugar por el que, según ellos, la inundación no era excesivamente profunda.

Ni corto ni perezoso me quité la ropa y me metí gozosamente en el agua por donde me habían indicado, como San Juan antes de saber que la pérfida Salomé le tenía encargado un corte de pelo bastante apurado.

Quien e buen árbol se arrima…

Deambulé entre zonas de hierba muy alta anegadas por la inundación, esperando a cada momento que un cocodrilo me extirpara mis partes pudendas o que algún animal viscoso y reptante me inoculara una dosis de veneno mortal. Es lo que no me gusta de los terrenos inundados y de los pantanos, que hay cosas que no deberían estar ahí, que están por accidente, que son impredecibles.

Por suerte no tuve que nadar, el agua me llegaba como máximo hasta un poco más arriba de la cintura. Eso quería decir que las motos podían pasar. Volví sobre mis acuáticos pasos y le dije a Miguel que el cruce iba a ser coser y cantar. El se adelantó al cruce, y comenzó a cantar justo en ese momento, emitiendo desgarradores lamentos y diciéndome que si estaba loco, que ¿que mosca me había picado? y otras cosas más que no repetiré aquí por si acaso están leyendo estas líneas niños o mormones.

No le hice demasiado caso y comencé a prepararme y a preparar la moto. Si el se quería quedar o buscar otro paso, ese era su problema. Tenía que salvaguardar las partes de la moto por las que podría entrar agua, que eran unas cuantas. Después de pensar un rato se me ocurrió una original idea. Saqué de la mochila una caja de preservativos de textura ultra gruesa, para prevenir los presumibles rigores de mi inexistente vida sexual en África, los abrí y los comencé a colocarlos en lugares estratégicos… de la moto.

Cubrí la salida del escape y comencé a ponerlos por todos sitios en los que se me ocurrió que el agua podría hacer algún estropicio. Miguel me imitó, aunque a regañadientes. Yo creo que el llevaba más preservativos que yo, pero eran de peor calidad. Hice un hato con mi vestimenta, me lo puse a la cabeza y lo crucé al otro lado. Realicé la misma operación con el equipaje, que consistía en una sola mochila, y volví a por la moto.

La miré fijamente a los focos, la acaricié suavemente mientras le susurraba palabras tranquilizadoras, y me metí con ella en el agua.

Fueron solo unos metros, pero se me dio la impresión de que estaba haciendo la travesía del estrecho de Gibraltar a nado. Más que por mi, sufría por la moto, y por la posibilidad de que no arrancara después de la prueba a la que la estaba sometiendo.

Por fin llegué al otro lado y le hice señas a Miguel de que podía pasar. Se metió en el agua ayudando por uno de los paisanos que nos había indicado el vado, y con esa ayuda suplementaria pasó en un periquete.

Una vez en terreno seco, sacamos las herramientas y nos pusimos a desarmar algunas partes de nuestras acompañantes. Desmonté en carburador, saqué las bujías y el filtro del aire y lo sequé todo conveniente. Por si las moscas lo puse al sol y me tumbé tranquilamente a la bartola mientras se secaban.

Las motos sobre nuestras cabezas

Miguel cruzando una zona inundada en pelota picada

Media hora después juntamos todas las piezas, las volvimos a poner en las motos e increíblemente no sobró ni una. Arrancaron a la primera, entre los aplausos y el alborozo de los paisanos.

Seguimos ruta con menos complicaciones que antes… al menos durante un par de horas. Transcurrido ese tiempo encontramos otra zona completamente anegada de agua. Después de dar unas cuantas vueltas para encontrar un vado, llegamos a un camino sin salida al otro lado del cual se veía un poblado. Paramos a la orilla de la zona anegada estudiando como podríamos librar este nuevo el obstáculo.

Poco a poco se fueron concentrando paisanos alrededor nuestro. miraban las motos encantados. Muchos de ellos cruzaban el tramo de agua que nos separaba del poblado, por lo que se me ocurrió una brillante idea. Chapurreando algo de francés y por gestos, les ofrecí dinero para que nos cruzaran las motos por el torrente. No teníamos muchas ganas ni tiempo de repetir la operación anterior. Se pusieron más contentos que un vendedor de raquetas de nieve en medio de una época de glaciación.

Cuando vi mi moto internandose en el agua, elevada por 20 manos por encima de las cabezas de los porteadores, me dio por pensar, en ya inútil rebeldía, que el primer cruce que hicimos había sido muy acertado. La desventaja era que se empujaban y pugnaban de tal manera por llevar la moto, que iba dando tumbos y amenazaba con caerse en cualquier momento. La ventaja era que al ser tantos, si se caía, lo haría encima de tal aglomeración humana que no llegaría a tocar el agua.

Cuando las ruedas de la moto besaron el suelo de la otra orilla, bendiciendo la tierra y la sal que pisábamos, respiré aliviado. A continuación cruzaron la moto de Miguel, y no le cruzaron a él mismo de milagro. Les pagamos generosamente, bailamos unas danzas tribales de agradecimiento a Elegua y a Oggún, y salimos a escape para intentar dormir sobre un colchón en algún sitio resguardado.

Juego de mesa de Ikin Orossi

Juego de mesa de Ikin Orossi, dos de las deidades africanas a las que nos encomendamos.

Al cabo de un tiempo, cuando ya caía el día, llegamos a un pueblo de cuyo nombre no consigo acordarme, en mitad de la reserva boscosa de Mbegue. Preguntamos a unos paisanos, que nos informaron de que en la localidad no había campamento comunal. Por suerte si había un hotel, que no tenía mala pinta. Aparcamos las motos y entramos en la recepción, en las que nos recibió un empleado que se quedó perplejo al ver por esos lares a un par de motoristas blancos, con pinta de haber cruzado el mar Rojo junto a las huestes de  Ramses.

Solicitamos una habitación con dos camas y aire acondicionado, o en su defecto mosquitera y ventilador de techo. Se quedó sopesando unos instantes la petición y nos dijo que no había problema, pero que tendríamos que esperar unos 15 mn. a que la arreglaran. Que por ahí no pasaban muchos turistas y que la habitación estaba sin preparar. Nos pareció lógico y nos sentamos a la puerta del hotel después de pedirle una cervezas bien frías.

Al poco rato salió por la puerta del hotel una pareja joven, con aspecto bastante azorado y pinta de acabar de vestirse. Se paparon un momento a nuestro lado y nos miraron con curiosidad. Nos miramos extrañados.

Entrando en la región de Tambacounda

Al poco tiempo apareció el recepcionista y nos pidió que le siguiéramos. Nos condujo hasta una habitación bastante amplia, con un par de hermosas camas, mosquitero y ventilador de techo, pero sin aire acondicionado. Que le íbamos a hacer, es lo que había disponible. A pesar de las ventanas abiertas y el ambientado, ahí se masticaba el sexo reciente. Me di cuenta que acababa de sacar a la pareja que antes vimos de ahí mismo. Comprobé las sábanas, eché un vistazo general, me encogí de hombros y pagamos por una noche de descanso en el mudo testigo de una reciente pasión.

O era un hotel por horas para parejas, o la expectativa del dinero a ingresar por el pago de dos occidentales le había llevado a largar a la pareja de tortolitos, me daba igual, aquello era mucho mejor que dormir en el suelo de un centro de salud ¡Hasta mañana!

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