De Sobel a Touba, el recorrido de ese día… que ya está bien

El momento del final de nuestra aventura se iba acercando, y eso me ponía cada vez más melancólico. Aún así decidí exprimir lo que quedaba de viaje a tope.

Reemprendimos el camino hacía el norte de Senegal, por la carretera que pasaba por Touba, ciudad santa del Islam e importante centro de peregrinaje. Decidimos hacer kilómetros por asfalto, ya que los días de pista nos habían dejado agotados, y aún nos faltaba atravesar Mauritania, en la que nos esperaban unas cuantas jornadas de desierto.

A decir verdad, yo había comenzado ese viaje por amistad con Rafael, que se había quedado por el camino después del accidente en Noadibou. Con Adán, amigo de Rafael, había congeniado también bastante bien, pero lo de Miguel había sido otro cantar. Se nos había atravesado a todos, ya que tenía un carácter bastante peculiar y una forma de ser que no encajaba con un viaje de este tipo.

Gran mezquita de Touba

Gran mezquita de Touba © Franco Visintainer

Al quedarme a solas con él, tuve que aguantarlo porque no quedaba más alternativa, pero el desencuentro se acrecentaba con el tiempo, y en esta fase del viaje me caía francamente mal. Que le vamos a hacer.

El mal ambiente se acrecentó al pasar por Touba. Yo quería parar a verla, y el quería “tirar“ para hacer kilómetros. En mis viajes, la moto es un vehículo para llegar donde quiero, y un motivo de disfrute, pero el motivo principal es VIAJAR, con mayúsculas. Hacer turismo, pararme tranquilamente en un lugar, hablar con la gente, improvisar visitas y planes según vayan surgiendo por el camino y hacer de vagabundo. Lo de ir a toda pastilla con el fin de disfrutar únicamente de la conducción, no es mi estilo.

En Touba tuve que transigir para no discutir, y me quedé muy fastidiado por no poder ver la ciudad más detenidamente.

Al mediodía, una vez rebasada Touba, decidimos parar a comer. Había un montón de puestos en los costados de la carretera, que daban servicio a los innumerables peregrinos que acudían a la ciudad santa.

Puestos muy humildes. montados, en su mayor parte con cuatro paredes de hojalata, cuatro sillas de plástico, un hornillo de gas y algunos accesorios más. Lo justo para permitir montarlos y desmontarlos en poco tiempo. Después de recorrer algunos metros de carretera, inspeccionando los que íbamos encontrando, analizando la probabilidad que podría haber de coger un tifus comiendo en alguno de ellos, decidimos parar en uno que tenía un aspecto algo más saludable, menos efímero.

Un chamizo algo menos perecedero que sus competidores, por lo que dedujimos que dada la continuidad del negocio, se expondrían menos a envenenar a sus clientes, ya que estos podrían volver con ánimo de revancha. Juro que la decisión que tomé no tuvo nada que ver con lla gerencia del que yo entonces creía garito, y resultó ser el restaurante de mis sueños.

Con el personal de Chez Kbé al completo… bueno, falta la matrona.

Chez Kiné se llamaba el local al que me había dirigido el destino. Estaba dotado de dos estancias; cocina y comedor, algo poco habitual en ese tipo de locales, en los que todas las actividades se desarrollan en el mismo espacio, encerrados ambos por firmes y acogedores muros de ladrillo encalado, o lo que hubiera debajo de dicho encalado. Además había sillas y mesas de plástico con sus correspondientes manteles y, lo que consideramos más importante e inequívoco signo de honestidad, un cartel que anunciaba los productos ofertados, con sus correspondientes precios. Una bendición, ya que nos evitaríamos el inevitable y agotador regateo que precedía a todas nuestras comidas, estancias en hoteles, compra de víveres, petición de cartones en los bingos locales o compra de amuletos para la buena suerte.

Cuando al parar la moto me salieron a recibir un montón de beldades locales, ávidas de mostrarme las excelencias de su cocina nacional, la suerte quedó echada.

Tres de las hermanas senegalesas que me atendieron en Chez Kobé

Chez Kiné era una excelsa matrona senegalesa, aún de buen ver a pesar de sus incontables arrobas, a la que ayudaban y asistían en sus labores hosteleras, una ristra de guapas y simpáticas hijas. Decidí que había llegado al paraíso de los moteros, al merecido descanso de todos nuestros anteriores sinsabores.

Fuimos la atracción, no solo de Chez Kiné, sino de todos los locales de los alrededores. Los 15 mn. de gloria que comentaba Wrahol, aderezados por un montón de princesas de ébano cargadas de exquisitos manjares…. algunos de comer, los cuales he de confesar que ahora no recuerdo.

Nos reímos un montón, nos hicimos fotos como para llenar el álbum de una boda griega, e intercambiamos direcciones, promesas de escribirnos e incluso de amor eterno. Entre las cervezas y lo parecidas que eran todas entre ellas, no sé muy bien a quien hice las promesas… es posible que a todas.

Al cabo de un tiempo Miguel, que todo hay que decirlo, no se había reído tanto como el resto, me comentó que teníamos que marcharnos e ir “tirando”.

Le miré, me miró, miré a las hijas de Chez Kiné y le dije….

  • Hasta luego Miguel, nos vemos mañana en Saint Louise. Chicas, ¿que plan tenemos esta noche en el pueblo? ¿Hay algún sitio de baile por aquí cerca?

Miguel se largó muy cabreado, no sin antes tener la prudencia de concertar un lugar en el que nos encontraríamos al día siguiente, yo me quedé con mis ninfas y sus atenciones, y vosotros os quedáis con la incógnita de lo que pasó esa noche. Que como se dice habitualmente; lo que ocurre en el campo de juego, se queda en el campo de juego.

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