Después de recorrer el día anterior playas y aeropuertos, Miguel y yo decidimos que ya era hora de hacer unas cuantas pistas por la zona de Cabo Skirring. Teníamos hambre de dos ruedas pasadas por barro.

No es que hubiera un montón de pistas emocionantes, pero al menos podríamos volver a probar un poco de pista después de tantos días. Parece exagerado decir, tras un par de días entre carretera y descanso en el pueblo, que estábamos hambrientos de tierra, pero era cierto. Además del viaje en si; conocer otros países, sus costumbres, aventurarnos en lo desconocido, probar nuestra resistencia, etc., el objetivo era hacer pistas por África, y a pesar de que hasta entonces habíamos conseguido mucho, aún nos sabía a poco.

Zona de manglares

El problema es que la zona no parecía la más apropiada para dar caña a las motos. No es que mi venerable Suzuki DR 650 fuera un purasangre ansioso de galopar, todo lo contrario, era potra de largo recorrido y carrera de fondo, pero me daba la impresión de que me miraba de reojo y me preguntaba -¿para eso me has traído aquí?- Los muchos arrozales y zonas inundadas, hacían del terreno un pequeño laberinto. Nos lanzamos a la aventura. La mayor parte de las veces las pistas eran caminos de servicio de los arrozales, por lo que acababan en una zona ciega y teníamos que dar la vuelta y desandar el camino. Los lugareños nos miraban entre divertidos y extrañados, preguntándose que hacían esos dos locos corriendo sin resuello por caminos sin salida. Al volver sobre nuestros pasos sonreían aún más. Como el zapatero del libro de Ramón J. Sender, “La tesis de Nancy”, que leía de pequeño en el colegio. En un capítulo un zapatero que trabajaba en una calle de un pueblo de Andalucía, ante la extrañeza de la protagonista, la decía “hasta luego” en lugar de decirla “adiós”. Cuando volvía por el mismo sitio, tras encontrarla cortada, el zapatero la decía “adiós” con una sonrisa de recochineo.

Un mono arreglándose para salir

Nos bajábamos cada dos por tres, reconocíamos el terreno, comprobábamos que estaba hasta arriba de agua y barro, y nos dábamos la vuelta. De correr y disfrutar volando por los caminos tuvimos bien poco, de andar, explorar y ver bonitas estampas africanas nos hartamos.

La intentona acabó cuando en un paso entre dos arrozales pinché la rueda de la moto con una espina de acacia. Llevaba la presión bastante baja para, poder ir bien por el terreno embarrado, y las espinas de acacia son duras y largas como la corona de un Eccehomo. Como habíamos salido de parranda motera, nada en serio, no llevábamos accesorios para cambiar la cámara “acaciada”. Vaya papelón. Salí de la pista de forma penosa empujando la moto, para no fastidiar la cubierta, mientras Miguel se acercaba a buscar los desmontables y la cámara de repuesto. Por suerte no nos habíamos alejado demasiado de Oussunge.

En la costa de Cabo Skirring

Tras la frustrada excursión, decidimos que, dado que el agua era el elemento dominante de la zona, esa tarde haríamos una excursión embarcados. Se nos unió un amigo de las chicas de la ONG que acababa de llegar de España. Montamos en un pequeño cayuco descubierto con motor fueraborda y recorrimos el área de manglares que había en la zona costera norte de Cabo Skirring. Los manglares son muy curiosos. Son bosques enclavados en estuarios, formados por  mangles, que son árboles que toleran altos grados de salinidad. Las raíces y parte del tronco están sumergidos en el agua, que los cubre prácticamente hasta la zona desde la que salen las hojas.  Albergan una enorme variedad de vida acuática.

Vas navegando entre árboles, como si el terreno fuera el resultado de una enorme inundación. Parece ser que en ciertas zonas de África y Sudamérica, los utilizan para criar los langostinos que en Europa devoramos como palomitas durante la Navidad. Ahí había pocos langostinos, por lo que durante la cena nos conformamos con unas ensaladas, y un pollo con arroz bañado en una salsa que te incendiaba las tripas.

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