Los judíos negros 1ª parte

Una de las cosas que más atrajo mi atención cuando comencé a preparar el viaje a Etiopía, era la existencia de los falashas.

Desde la primera vez que oí hablar de ellos, hace ya tanto tiempo que casi ni me acuerdo, la existencia de esta singular comunidad consiguió atraer mi curiosidad, lo que admito que no es nada complicado. Cuando tenía unos 18 o 19 años se produjo la “Operación Moisés”, el primer transporte masivo de judíos etíopes hacia Israel. Unos años después, en 1991, la operación se volvió a repetir, pero esta vez con el también bíblico nombre de Salomón. Entre estas dos operaciones y algunas otras más de pequeña envergadura, se asentaron en Israel cerca de 55.000 judíos etíopes o falashas.

Exterior de una casa con unas curiosas pinturas

En Etiopía aún pervive una de las reliquias antropológicas más curiosas de África, los falashas. Los falashas, o judíos negros son, supuestamente, los descendientes de una de las tribus perdidas de Israel; la tribu de Dan. Aunque la mayor parte de los falashas fueron transportados a Israel en sucesivas migraciones, en Etiopía aún quedan algunas pequeñas comunidades.

En Israel, su cultura y costumbres se han diluido dentro de la comunidad que les ha acogido, pero en su país de origen aún se pueden visitar algunos pueblos con características muy peculiares. Una comunidad que se ha mantenido prácticamente inalterada desde hace más de 2.000 años. Woleka, cerca de la monumental ciudad de Gondar, Patrimonio de la Humanidad, es el pueblo falasha más significativo. En el se apiñan unos centenares de judíos negros esperando emigrar a la tierra prometida.

La historia de los judíos etíopes y su traslado a Israel tiene dos aspectos, a mi entender, realmente interesantes. Por una parte la operación de traslado en si, y todo lo esta implica y, por otro, la existencia de la increíble rareza que constituye una antiquísima comunidad de judíos negros en el continente africano.

Dando una vuelta por el pueblo

El traslado de los falashas es parte de la épica con la que se ha escrito el nacimiento y la formación del estado de Israel. Independientemente de cual sean los sentimientos y las opiniones que en cada uno despierta la creación de dicho estado y el sangriento conflicto  que ha acarreado con los palestinos y el resto de los países árabes, es innegable que el empuje y el coraje con el que los judíos han luchado por su estado es admirable. No han tenido rubor en pelear por su tierra por todos los medios posibles, muchas veces de forma implacable, pero siempre con valor, tesón y tenacidad. Una pasión que, en muchos casos, a los europeos nos fascina y repugna al mismo tiempo, entre otras cosas, porque sabemos que ya no somos capaces de emularla, prisioneros de las limitaciones morales impuestas por nuestra ficticia “pax romana”.

La tienda de estatuas de Salomón y la reina de Saba

Tras la creación del estado de Israel y tras promulgarse la Ley del Retorno, por la cual se concedía automáticamente la ciudadanía a todo judío que inmigrara a Israel, se sucedieron las migraciones de judíos, denominadas en hebreo aliyot, desde todos los puntos del planeta en dirección a la nueva nación. Lo curioso de estas migraciones, es que hicieron que Israel se convirtiera de la noche a la mañana en uno de los países con mayor diversidad étnica del planeta. Para darse cuenta de lo errónea que es la idea de que el pueblo judío es étnicamente homogéneo, solo hay que darse un paseo por cualquiera de sus ciudades y comprobar los aspectos tan dispares de sus pobladores. Rubios de aspecto eslavo con ojos claros, mediterráneos con diferentes tonalidades de piel y pelo oscuro, gentes de aspecto árabe y semítico con narices protuberantes y rostros angulosos, pelirrojos, castaños, morenos, con ojos verdes, azules, negros… una variedad tan extensa como extensa fue la diáspora del pueblo de Israel y tan grande como la lista de pueblos con los que se acabaron mezclando. Lo que no hubo hasta que no se produjo la “Operación Moisés”, fueron judíos negros. De hecho, la gran mayoría del pueblo judío ignoraba su existencia y siguieron poniendo en duda su condición de judíos mucho después de que hubieran llegado a Israel.

Los falashas tienen un origen incierto pero indudablemente muy antiguo. El término “falasha” es de origen amárico, la lengua de Etiopía, y significa “exiliado” u “hombre errante”. Ellos mismos mantienen que descienden de los judíos que llegaron hace miles de años a Etiopía desde Israel junto al rey Menelik I, supuestamente hijo de Salomón y la Reina de Saba. Lo cierto es que la mayor parte de los expertos coinciden en que el reino de Saba estaba situado en el actual territorio de Etiopía, país en el que a dicha reina se la venera y se la conoce por el nombre de Makeda.

Hasta que un rabino israelí los descubrió en los años 70, los falashas pensaban que eran los únicos judíos que había en el mundo. Después de muchas investigaciones y controversias, se les declaró descendientes de la tribu de Dan, una de las tribus perdidas de Israel. Su interpretación del Talmud, el libro sagrado hebreo, no está emparentada con ninguna de las dos corrientes que practican el resto de los judíos, que son la palestina y la babilónica. Es una variante del judaísmo practicado por Moisés, sin apenas variaciones, lo que denota que han mantenido su religión inalterada desde antes del nacimiento de Cristo.

Actualmente en Etiopía, después de las sucesivas migraciones, no quedan más que 7.000 u 8.000 falashas. Algunos se concentran en la capital, Addis Abeba, y otros viven en el norte del país, según parece, esperando a que el estado de Israel les traslade a la tierra prometida. Una de las mayores comunidades se encuentra en el pueblo de Woleka, cerca de Gondar, que es una de las ciudades más espectaculares de Etiopía. Decidí quedarme unos días en Gondar para esperar a una amiga que acababa de llegar de España y, además, tener tiempo para visitar con tranquilidad los magníficos palacios y monumentos de la ciudad. Una tarde, después de haberme empapado de pintura, arquitectura e historia, decidí alquilar los servicios de un coche de caballos para visitar Woleka, ya que el pueblo está a tan solo 5 km. de Gondar. Sentía que si iba a visitar una auténtica reliquia histórica, la mejor forma de hacerlo era a bordo de otra reliquia.

Según me aproximaba, Woleka no parecía diferir demasiado de cualquier otra aldea rural etíope. Cabañas de barro circulares con techo de paja o de uralita, pequeños setos o  empalizadas separando cada propiedad y multitud de pollos y niños corriendo por todos lados; los pollos cubiertos de plumas, los niños carentes de ellas. No es que me esperara encontrar una réplica en miniatura del templo de Salomón o una especie de judería toledana, pero me daba la impresión de que las diferencias de tan ancestral pueblo con el resto de sus congéneres cristianos y musulmanes deberían de estar más acentuadas. Bajamos una pronunciada cuesta por una pista de tierra llena de barro que discurría entre suaves colinas repletas de vegetación y grandes manchas de bosques de eucaliptos. Las fuertes lluvias del día anterior habían dejado parte del camino impracticable, con numerosos desplazamientos de tierra y enormes charcos en los que podría hundirse un autobús londinense sin dejar rastro alguno, londinenses incluidos. Por suerte nuestro caballo sabía nadar.

Tomando unas cervezas con los paisanos del pueblo

Nada más bajar del carro, se abalanzó encima mío un sujeto, envuelto en sonrisas, que comenzó a parlotear en un inglés prácticamente incomprensible. Me agarró del brazo y me arrastró hacía un complejo de edificios de planta baja que había frente al pueblo, al otro lado de la pista. Tras despojar mentalmente su jerga de todas las palabras de amárico y prestarle la mayor atención de la que era capaz, conseguí enterarme de que estábamos en una cooperativa de mujeres del pueblo que se dedicaban a fabricar artesanía. Parecía que estos judíos negros compartían el ancestral sentido mercantil de sus hermanos de color más desvaído. Hasta media hora después, y tras visitar todas las áreas de producción de la cooperativa, no conseguí zafarme del insistente responsable de la instalación. Me dejó marchar, no muy convencido, tras insistirle de forma reiterada en que con un mes entero de viaje por delante, no me venía muy bien llevarme una pieza de cerámica de casi un metro de altura y 3 o 4 kilos de peso.

Finalmente conseguí cruzar la pista que me separaba del pueblo de la tribu perdida y adentrarme en persona en la leyenda que durante años me había fascinado. (continua en el siguiente post)

En Woleka no hay ningún establecimiento para dormir ni comer.

La excursión desde Gondar es muy corta y toda la visita, trayecto incluido, se puede hacer en apenas unas horas. Yo fui alquilando un pequeño coche de caballos, algo muy usual en los desplazamientos por los pueblos de Etiopía. Para encontrarlo me desplacé andando hasta el límite de la ciudad, en dirección hacía la carretera de Axxum, que es la que lleva a Woleka. Ahí paré un carruaje y pacté el precio de la ida. De vuelta cogí un pequeño autobús que pasa regularmente por el pueblo. Este mismo minibus se puede coger en la estación de autobuses de Gondar para ir a Woleka.

Algunos enlaces de interés

Acerca de los falasha

Algunos datos más acerca de su origen

Las últimas migraciones hacía Israel de los falasha

Imágenes de los falashas

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