Llegamos a la trattoria La Campagnola por una mezcla de casualidad (que es la amiga de la que muchos viajeros reniegan a posteriori), curiosidad inquisitiva (que es la mejor y más activa de las curiosidades) y hambre canina (que es la que más aguza el ingenio). Al principio nos asustamos un poco, porque el local es pequeño y fuera había un montón de gente esperando, pero cuando preguntamos por el tiempo que podríamos tardar en conseguir mesa, y nos dijeron media hora, pensamos que el aspecto del local merecía la espera.

La calle estaba muy animada, por lo que la espera se nos hizo bastante corta. Casi nos dió pena cuando nos hicieron pasar al comedor. Nos pusimos hablar con una pareja de franceses que también aguardaban mesa y nos tomamos unas cervezas que compramos en la tienda de un hindú aledaña al restaurante y media frasca de vino blanco procedente de la propia La Campagnola.

La Campagnola tiene un sabor especial, de los de antes, sin imposturas ni artificios; campechano y sincero, destila buen ambiente. La carta está escrita en una gran pizarra en la pared y está, básicamente, compuesta de platos típicos napolitanos a unos precios muy asequibles; entre 6 y 10 € por plato. Pedimos una frasca de vino blanco de 1 litro, ya que la diferencia con el medio litro era muy escasa y más vale pasarse que quedarse corto. Además entre dos duros fajadores, 1 litro de vino no es nada. El vino lo servían directamente de un grifo que había en una pequeña barra de mármol. Un grifo para blanco y otro para tinto, recién salidos de la bodega, ambos frescos, pero el blanco demasiado caliente para el paladar de un español y el tinto demasiado frío; si es que somos “de un especial”. Pedimos un poco de hielo, que obviamente no tenían, ya que es este un extraño elemento casi desconocido en los restaurantes y bares italianos. Optamos por meter la frasca en el cercano expositor de helados, con permiso de los camareros, y servirnos según lo necesitáramos (que he de reconocer que la necesidad era muy grande)

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Pedimos como si se acabara el mundo. Nos apetecían todos los platos y nos hubiera encantando que los tuvieran en forma de tapas, para poder probar todos. Comenzamos pidiendo una ensalada Caprese con mozzarella de búfala, que era unos de los antojos que traíamos desde España. Excelente, cuando la mozzarella es de búfala, se nota a la legua. Tiene un sabor más intenso y es mucho más rica. Luego pedimos lo que en carta venía como “soute”, que a mi me parecía una palabra francesa, y que venía a ser un plato de almejas a la marinera (vongole), que estaban para chuparse los dedos. Solicitamos un cargamento extra de pan para mojar en la salsa verde. Como ya andábamos metidos entre bivalvos, proseguimos con unos espagueti con frutos de mar; frutos que en este caso no venían de ningún árbol, ya que eran unos estupendos mejillones (cozze) venidos de alguna roca de la costa para la ocasión. Ya he tenido excelentes experiencias con los mejillones en Italia y los recomiendo encarecidamente. Estamos muy orgullosos de nuestros mejillones gallegos y la primera vez que pedí unos en Cerdeña, les miré con arrogancia. Me desarmaron por completo, porque puedo asegurar que pocas veces los había comido tan sabrosos en España. A continuación decidimos animar la cosa con un poco de carne y pedimos una chuleta de cerdo a la brasa ¡Craso error! Deberíamos haber seguido surcando los sabores marinos, ya que la chuleta fue la única decepción de esa noche. Para compensar el sinsabor, trajeron unos calabacines escabechados (Zucchine alla scapece), que aunque tenían que haber llegado al principio de la cena, nos vinieron muy bien para compensar el fiasco de la chuleta.

Nápoles es la ciudad más populosa del sur de Italia con más de 4 millones de habitantes. Es caótica, imprevisible, desordenada y algo sucia, con aspecto de tener con un pie más en África que en Europa, pero con ese encanto especial y con la extraordinaria personalidad de las ciudades que viven en constante decadencia. Desde España se puede llegar a Nápoles en la compañía Meridiana, que tiene vuelos directos desde Madrid, Fuerteventura, Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife o Vueling que lo hace desde Barcelona.

Ahí acabó la parte comestible, porque la bebestible siguió aún durante bastante tiempo, gracias a un licor casero que nos sacaron para rematar la noche. Cuando les pedimos un poco más, nos dejaron amablemente un botellón de dos litros encima de la mesa, que acabamos pasando de una a otra mesa mientras charlábamos animadamente con otros comensales. Los napolitanos son gente muy simpática y no es difícil acabar de tertulia con alguno durante la cena. Casi al final  llegó un cantante vestido al estilo Charly Chaplin que cantó unas canciones melancólicas napolitanas y que también se unió posteriormente a la reunión que se montó alrededor de unos cigarrillos y unos vasos de licor en el exterior del restaurante… pero eso es una historia diferente, que puede que os cuente en otra ocasión.

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Algunas opiniones positivas acerca de La Campagnola

La Campagnola • Via Tribunali 47, 80138 Nápoles, Italia • Telf. 081 459034

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