En muchos pueblos de África negra, existe un curioso edificio llamado “Casa de la Palabra”. La primera vez que vi una “Casa de la Palabra”, fue en el País Dogón, cerca del pueblo de Bandiagara, al que da nombre una enorme falla geológica que transcurre entre el sur de Mali y el norte de Burkina Faso.

La casa de la palabra o toguna, como la llaman en el País Dogón, estaba en el pequeño pueblo de Walià y consistía en una estructura rectangular abierta de madera, con unos pilares con tallas antropomorfas que sujetaban una techumbre de troncos cubiertos con adobe y paja de mijo. La casa de la palabra es el ágora de los pueblos africanos, en la que los ancianos se reúnen para tratar asuntos concernientes a la comunidad. Pero la casa de la palabra no solo sirve para dirimir entuertos y resolver problemas, además sirve de centro de reunión, al fresco de su sombra, después del trabajo, en el que se charla, se cuentan las últimas novedades del pueblo y se trasmiten historias de unos a otros. En el centro de la casa había una piedra antigua muy desgastada, con un gran hueco en medio. Uno de los ancianos nos explicó, que cuando había algún caso en el que no se ponían de acuerdo, dejaban unas semillas en el hueco de la piedra y, al día siguiente, decidían sobre la cuestión dependiendo de como hubieran encontrado las semillas. Según decía el anciano la interpretación de la posición en las que estaban, la cantidad que quedaba y otros temas más complejos, decidían la suerte del entuerto. Respeto sus creencias, pero yo pensaba que no me gustaría mucho que la suerte de mi pleito con el vecino que se come las manzanas de mi huerto, se decidiera por el hambre que tuviera ese día un ratón campestre africano.

Otra de las cosas que nos llamó poderosamente la atención es que, debido a la altura de sus techos, en las casas de la palabra, no se puede estar de pie; o permaneces sentado o en cuclillas. La razón que nos dieron, es que cuando alguien se enfada, tiende a ponerse de pie para reafirmar su posición y poder gesticular y amedrentar a la persona con la que discute. Si impides que las personas se puedan poner de pie, el tono de las trifulcas es mucho más tranquilo y no suele llegar nunca la sangre al río.

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Para llegar al País Dogón, cogimos en Bamako, la capital de Mali, un autobús que, tras unas 10 horas de viaje (636 km.), nos dejó en Mopti, una ciudad que es un importante nudo de comunicaciones en el curso del río Níger. Al día siguiente, tras visitar Mopti, nos subimos en un taxi comunal, en el que recorrimos los 74 km. que separaban esta ciudad de Bandiagara. Una vez ahí, y tras preguntar en diversos sitios, conseguimos un guía que, por una cantidad razonable, nos llevó andando por una zona montañosa hasta  Walià. Los 20 km. de caminata fueron duros, más que nada porque hacía muchísimo calor. Después de visitar Walià, nos encaminamos hacía Doundiourou un pueblo con una magnífica mezquita, en el que ese día había mercado. Dormimos ahí, en una casa particular, y al día siguiente volvimos con el guía hacía Bandiagara, por un camino diferente, pero tan caluroso como el del día anterior, y encima de subida.

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