A las 8 de la noche salíamos por las puertas del aeropuerto Sandino de Managua. Y digo de la noche, porque en el ecuador, a partir de las 6 de la tarde, y durante todo el año, es de noche cerrada. No fue una bofetada de calor lo que te recibió, si no más bien el abrazo de un luchador de sumo recién salido de una sauna. Para más INRI, yo llevaba cazadora de cuero y botas de ante… No, no es que haya olvidado todos mis consejos viajeros, es que después de ver unas cuantas telenovelas, quería disponer en Nicaragua de un conjunto completo de “galansote” hispano y, como abultaba tanto, decidí llevarlo puesto. Y hasta ese momento no me había arrepentido, porque ya sabéis el frío que se puede llegar ha pasar en un avión con el aire acondicionado a tope. Casi siempre te tienes que poner una mantita encima… y porque no dejan ponerte una azafata.

Al luchador de sumo no me lo quité de encima, hasta que no comenzó a funcionar el aire acondicionado del coche en el que un amigo había venido a recogernos. Aún así noté que nos seguía de cerca, dispuesto a abrazarnos en cuanto saliéramos al exterior.

hotel brandt managua

Nuestro hotel

Del aeropuerto fuimos directamente al hotel. que, en un gesto de amabilidad, ellos mismos nos habían buscado, algo que por cierto a mi no me gusta nada. Prefiero encontrar alojamiento por mi mismo, decidir donde me quedo, escoger precios y calidades a mi aire, según me dicta la experiencia, y buscarme la vida. Pero no era cuestión de ser descortés. Cuando al día siguiente me pasaron la cuenta del hotel, os aseguro que para la próxima vez creo que seré algo descortés… jejejeje

Managua, situada entre las ciudades de León y Granada, fue elegida capital de Nicaragua, con el fin de resolver el conflicto que estas dos ciudades tenían acerca de la capitalidad del país.

La primera impresión que me dio Managua desde la ventana del hotel, era que nos encontrábamos inmersos en una película estadounidense de bandas callejeras. Una maraña algo caótica de calles interconectadas por callejones solitarios, con casas unifamiliares de una o dos plantas, adornadas con pequeños jardines. El clásico aspecto de los suburbios de una ciudad estadounidense. En cualquier momento podía aparecer un pandillero saltando a través de las vallas, de jardín en jardín, perseguido por dos policías sudorosos y medio asfixiados. Una escena que hemos visto cien veces repetida en las pelis policiacas.

Una cena en condiciones

Tras la primera impresión y una buena ducha, nos dirigimos al Summer, un restaurante cercano al hotel, en el que servían un buen pescado. Caminamos por unas calles desiertas, aparentemente tranquilas, y llegamos al local al filo de la hora del cierre. Hay que tener en cuenta, para los que viajan desde España, que en Nicaragua los horarios son mucho más tempraneros. Se levantan al amanecer, entre las 4 y las 6 de la mañana, almuerzan como muy tarde a las 12 y cenan entre las 19 y las 20 horas.

Vista hotel Managua

Vista desde el hotel a través del mosquitero

El local, de precios altos para Nicaragua, reservado a una élite acomodada, tenía buen aspecto. Pedimos unas cervezas y me decanté por un pargo cocinado a la diabla. Con ese nombre seguro que era picante, tal y como me confirmó el camarero cuando le pregunté… pero caray ¿quien dijo miedo? Los pescados se vendían según el tamaño; pequeño, mediano y grande. Me aventuré por probar el mediano, mientras que Jaime optó unos camarones al ajillo.

restaurante Summer managua

No estaba yo como para hacer fotos, así que os pongo el logo del restaurante

Trajeron los platos bien presentados, el mío acompañado por unos tostones de plátano macho y una salsa ligeramente picante, parecida al mojo picón. El pargo estaba frito, con un ligero empanado y unas incisiones a los largo del cuerpo que le hacían parecer un tablero de damas, a las que se podía jugar con los tostones haciendo de fichas. Por fuera crujiente y jugoso por dentro. Me encantó. El pargo mediano era francamente grande y daba perfectamente para dos personas. Yo, como tenía un hambre de lobo, comí como dos personas y del pargo solo quedaron las raspas. Los camarones de Jaime estaban exquisitos. Me di cuenta al probarlos, y al ver que habían desaparecido cuando quise volver a catarlos. Literalmente volaron.

Una calle cualquiera de Managua. Más mona que la nuestra

Al salir a la calle miré por todos lados a ver si estaba el luchador de sumo, pero por suerte había desaparecido. No se si era producto de las cervezas, de que había dejado la cazadora de cuero en el hotel, o de que realmente la noche había refrescado el ambiente. En resumidas cuentas, se había marchado no con, sino dejando el viento fresco.

luchador sumo

El imaginario luchador de sumo

Con el estómago caliente y el resto del cuerpo razonablemente templado, nos dirigimos hacía el hotel para darnos un merecido descanso después de un viaje extenuante. Al día siguiente nos esperaba Nicaragua. No era cuestión de hacerla esperar en la primera cita.

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