Tras el día de turismo, tocaba montar en moto por las pistas de Senegal. No es que no hubiéramos hecho nuestros buenos kilómetros en la excursión a Dindefelo, que los habíamos hecho, es que habían sido de travesía, sin divertirse mucho en la conducción, y encima, en mi caso, con paquete a bordo.

Nuestro siguiente destino rumbo al norte, ya de vuelta hacía España, era la ciudad de Tambacunda. Para llegar hasta ahí teníamos que cruzar de nuevo el parque de Niokolo Koba. Esta vez no pensábamos desviarnos ni un milímetro de la carretera general. Nada de aventuras con babuinos, zarigüeyas y otros habitantes de la foresta.

Nos despedimos del bueno de Dominique, prometiendo escribirle, cosa que por supuesto no pensábamos hacer. nNo porque no le hubiéramos tomado cariño, sino porque si tienes que escribir a todos los africanos que a lo largo de un viaje de este tipo te dan su dirección, sería la única labor que desarrollarías durante el resto de tu vida.

Vamos, que pongo esto como podía haber dicho que acabamos en Pamplona. Era de noche, íbamos por pistas, estábamos agotados… y no recuerdo donde acabamos exactamente. Pero a esa altura más o menos.

La noche anterior había llovido de lo lindo y, por lo que nos dijeron en “Chez Mouse”, más al norte las lluvias habían sido mucho más intensas, por lo que era previsible que encontráramos varias carreteras cortadas.

Una vez superado Niokolo Koba, a nuestro alrededor se iban sucediendo los campos completamente anegados. Algo más de 3 horas después de salir de Kegoudou, pasábamos Tambacounda sin incidencias y a bastante buen ritmo. Por desgracia, a los pocos kilómetros nos dijeron que una riada se había llevado un puente sobre un río en la carretera principal, y que no podíamos pasar.

Sacamos nuestros mapas, y comenzamos a buscar una ruta alternativa. Era el momento que esperábamos para comenzar a hacer pistas. Estudiadas las posibilidades, nos acercamos a un bar a consultar con los parroquianos si lo planeado sobre el papel, podría transplantarse a la vida real. Fue un craso error, por muy diversos motivos;

pistas de senegal

Subiendo la burra de Miguel a la balsa. Ay, que mal se pasa…

1.- La mayoría de los parroquianos, por no decir todos, no sabían leer

2.- Los parroquianos africanos, suelen tener problemas para entender la pronunciación de los nombres africanos en boca de europeos (a los de Sabiñánigo les pasa lo mismo con los nombres españoles pronunciados por africanos).

3.- Los parroquianos de un bar africano, no acostumbran a alejarse demasiado del punto de origen del líquido elemento que alivia sus tribulaciones. No tiene ni la más remota idea de lo que hay a más de 10 km. de su poblado.

4.- Un bar, sea africano o macedonio, es un sitio poco recomendarle para que los parroquianos tengan la mente despejada y el sentido de la orientación aguzado.

Resumidas cuentas, si hubiéramos seguido el conjunto de confusas y, muchas veces contrarias entre si, indicaciones que nos dieron los parroquianos, habríamos acabado, como poco, el el altiplano boliviano.

No sacamos nada en claro, por lo que decidimos cometer un acto desesperado, de una temeridad difícil de imaginar; nos acercamos a preguntar a unos policías.

En Senegal, como en la mayor parte de los países “emergentes”, a la policía no hay que temerla en exceso, pero si evitarla como a la peste. Acercarse a ellos es provocarles. Es pedirles que salgan de su natural letargo e indiferencia para fijar su atención en tu excelsa persona. Es como si un cerdito bien cebado fuera a preguntar por su desayuno a una loba recién parida. Lo más probable es que fuera él mismo el que acabara como desayuno. Nosotros somos para ellos otro tipo de cerdito, de esos que están hechos de barro, tiene una ranura en la chepa, y se encuentran rebosantes de brillantes monedas.

Dirigirte a ellos les da una excusa para pedirte el carné, los papeles del vehículo, el seguro internacional o el certificado sanitario de la comisión anti palúdica gambiana…. y si no tienes cualquiera de esas cosas ¡zas! multa al canto, que puedes canjear casi de inmediato por unos bonos, sin recibo ni comprobante alguno, para la asociación de huérfanos y viudas de la policía estatal del país de turno. Vamos, que te meten un rejón de mil demonios.

Pero, a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Después de enseñarles todos los permisos, seguros y carnés que llevábamos encima, accedimos a pagar una pequeña multa por un motivo del que ni tan siquiera me acuerdo. El caso era tenerlos de nuestra parte en las ulteriores indagaciones.

Discutieron acaloradamente entre ellos mientras sostenían el mapa al revés. Con delicadeza, intentando que mi acción no resultara demasiado evidente, y mientras les entretenía apuntando hacía el norte y haciendo aspavientos para atraer su atención, conseguí enderezar disimuladamente el mapa. Nos dibujaron un pequeño mapa en la hoja de uno de los blocs que llevaba encima con el fin de describir nuestra aventura para la posterioridad. Un croquis con direcciones, nombres, cambios de sentido y alguna que otra recomendación. El policía que se encargaba de plasmarlo arrancó la hoja del bloc, me la tendió todo contento, y procedió a guardarse mi bloc y mi bolígrafo. Menos mal que el primero estaba en blanco y de los segundos tenía una buena provisión.

En moto por Niokolo Koba

Improvisando

Salimos a escape utilizando el croquis como rutómetro. A cabo de unos kilómetros tomamos una desviación por una ruta de tierra, que a los pocos metros comenzó a parecer el escenario de una lucha de mujeres en el barro. Las ruedas de las motos comenzaron a acumular lodo, doblando su volumen en un santiamén. Rodábamos de forma penosa, llenos de barro hasta las cejas y transitando por largos trechos en los que el agua nos llegaba hasta las rodillas. La marcha era lenta y agotadora. Desgraciadamente no teníamos la opción de salir a carretera, por lo que teníamos que aguantar mecha.

Un par de horas después, que a mi me parecieron dos años, llegamos a un vado en el que río había crecido de tal manera que impedía el paso de los vehículos. Por suerte unos avispados lugareños, habían construído una improvisada balsa a base de tablas y bidones de combustible vacíos, que hacía de transbordador destinado personas y mercancías.

Descargando a mi Su una vez superado el trance

Paramos las motos y miramos la escena como quien mira al pelotón de fusilamiento desde la privilegiada posición del paredón. Los chicos se lanzaron hacía nosotros entusiasmados por tener unos nuevos clientes, que además eran extranjeros. Con bolsillos rebosantes de reluciente plata del Potosí. No sabíamos muy bien que hacer. El río era impracticable por nuestros propios medios, pero la balsa tenía un aspecto lamentable. Si zozobraba, las motos se irían al fondo y con ellas todo nuestro viaje y nuestra fe en la humanidad.

Después de consultar el mapa y comprobar que no había forma de rebasar el río por otro camino, tomamos la decisión de cruzar las motos en la balsa. Regateamos duramente los precios de embarque, y con el corazón en un puño, dejamos que un enjambre de brazos izara las motos sobre la balsa. Subimos nosotros con ellas, para sujetarlas mientras atravesábamos el río. Por suerte la corriente estaba calmada y el trayecto era bastante corto.

Con nuestro salvador y un colega, al día siguiente y ya más descansado.

Ganamos bastante tiempo de viaje, pero perdimos algunos años de vida a causa del estrés.

Una vez en la otra orilla rodamos y rodamos, y nos embarramos y nos embarramos.

Comenzó a caer el día y no encontrábamos señal de población alguna, choza o señales de vida antropomórfica alguna. Comenzamos a estar inquietos, ya que la posibilidad de dormir al raso en una zona completamente anegada no era demasiado atractiva.

De pronto, paralelos al camino que seguíamos, al otro lado de un pequeño arrollo, apareció una gran jauría de perros. Era enorme, entre 20 y 30 individuos que comenzaron a correr paralelos a nosotros mientras lanzaban aullidos que nos pusieron los pelos de punta. No me hice caca encima gracias a que no había comido prácticamente nada en todo el día. Como se veía poco, no los distinguía demasiado bien, y además tenía que estar bien atento al camino, lleno de baches, charcos y zonas embarradas.

A pesar de la dificultad de la zona, subimos el gas todo lo que pudimos para intentar dejarlos atrás. A 60 u 80 kilómetros por hora, una velocidad demasiado elevada para esa pista, comenzamos poco a poco a distanciarnos de ellos. La tensión era indescriptible, cualquier pequeño fallo en la conducción significaba una caída, y la posibilidad de pasar de motero en apuros a contenido de lata de Dog Chow. Por suerte no hubo error alguno.

Unos 15 minutos después aflojamos un poco el ritmo porque estábamos agotados. Llegamos a otro vado anegado, pero esta vez sin paisanos con balsa que nos echaran una mano. Además ya era completamente de noche y no nos atrevíamos a meternos en el agua sin poder calibrar la profundidad del río.

Desesperados nos dimos la vuelta y nos paramos a pensar y tomar decisiones. Estábamos helados, calados hasta los huesos, cansados y sin ideas.

De pronto, la noche, que era una de nuestras peores enemigas, se volvió inesperadamente en una aliada. Gracias a la oscuridad pudimos ver una luces que se encendían a lo lejos. Buscamos algún camino secundario, y al cabo de un tiempo dimos con una pequeña pista que tomaba la dirección de las luces. Al poco tiempo desembocamos en otra pista más amplia que nos llevó hasta el origen de las luces, un pequeño edilicio de tipo occidental que resultó ser un dispensario.

Nos precipitamos dentro, donde nos recibió el sanitario que estaba a cargo de la instalación. Le explicamos nuestro problema y nos ofreció un par de camas para pasar la noche. Casi lloramos de alegría.

Compartimos con él una buena charla y, fruto de nuestro agradecimiento, prometí ponerle su nombre a mi primer hijo. (cosa que no he cumplido porque no he tenido descendencia… y no me ha parecido muy respetuoso ponerle Abdoulaye a uno de mis perros)

Y digo yo que los audaces, cuando no se mueren por el camino, suelen tener finales afortunados.

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