Uno de mis pasatiempos favoritos cuando viajo es ver ruinas. Ruinas históricas, por descontado, las humanas ya las veo día a día en todos los canales de noticias. Pompeya, Agriento, Mérida, Chichen Itza, Hampi, las ruinas de ciudades son fascinantes y son libros abiertos en los que puedes leer, si prestas un poco de atención y dejas volar la imaginación, lo que aconteció entre esas piedras cuando la vida aún bullía a su alrededor. Una vida que las abandonó, por lo común, siglos atrás. También podemos encontrar iglesias, castillos e incluso pequeñas poblaciones abandonadas más recientemente, por lo general en zonas remotas, como son el Monasterio de Santa María de Rioseco, el frontón Beti Jai o Belchite.


unusualtravels_plymouth-montserrat-carExcepto en casos como el de Belchite, que sucumbió a una sangrienta guerra civil, los abandonos de las poblaciones son paulatinos, desarrollándose a lo largo lapso de tiempo. Encontrar joyas como Pompeya o Herculano, en las que la presencia humana se interrumpió de golpe y porrazo en unas pocas horas es muy extraño. En estos casos tan poco frecuentes, los edificios están llenos de vestigios de la ocupación humana que su población no tuvo la oportunidad de llevarse o que el paso del tiempo no ha devastado con su inexorable efecto, ya que han sido protegidos por las propias inclemencias que contribuyeron a su destrucción.

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Uno de estos infrecuentes casos es la ciudad de Plymouth una Pompeya moderna. La antigua capital de Montserrat, un territorio británico de ultramar cerca de Puerto Rico, fue completamente cubierta por las cenizas que escupió el volcán Soufriere durante una erupción en 1995. Plymouth, obviamente, no es Pompeya o Herculano, pero seguro que dará más de una agradable sorpresa a los arqueólogos del futuro.

La pequeña isla, de algo más de 100 km2, sufrió en julio de 1995 una devastadora erupción volcánica que cubrió su mitad sur de una gruesa capa de cenizas. Posteriormente, la colada piroclástica acabó por arrasar por completo la ciudad y sus alrededores.

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Posteriores erupciones dejaron la superficie habitable de la isla reducida a un tercio de su extensión total, la economía quedó destruída y gran parte de la población tuvo que emigrar. Hoy en día la mitad de la isla es una zona de exclusión a la que no se puede acceder si no es con un permiso especial. Hay otra zona adyacente a la parte más afectada de la isla, en la que se puede entrar solo durante las horas diurnas y una franja de 3 o 4 kilómetros de anchura en la que se permite residir con la condición de que los habitantes dispongan en sus casas de cascos y mascarillas y tengan los medios apropiados para poder huir de la zona si se produce una nueva erupción.

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Dado que la isla no es excesivamente grande, desde estas zonas parcialmente restringidas, se puede ver la parte afectada por la erupción del volcán. Ciertas fuentes apuntan a que dentro de algún tiempo se podrá entrar a ciertas áreas controladas, acompañados por guías autorizados. Es un plan estupendo para compaginar un baño en el caribe con la visión de un volcán en plena actividad y la zona que el fenómeno ha devastado. Un viaje arriesgado, pero por algo somos viajeros inusuales.

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