Llueve en Larache. Mientras espero que me traigan una tetera, sentado en la terraza de un café, resguardado bajo un grueso toldo, observo la plaza de la ciudad envuelta en un fino manto de lluvia. Parece que llevo Santander conmigo. Al menos su clima. Es una lluvia apenas perceptible; calabobos lo llamamos en mi tierra. Me resulta chocante estar en Marruecos en pleno mes de agosto bajo la lluvia. Una idea ciertamente absurda,… ¡como si aquí no lloviera!. Incluso para la gente que ya lo conocemos relativamente bien, que ya hemos disfrutado de él en múltiples ocasiones, este país sigue aún sujeto a ciertos estereotipos.

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El té es dulce, espeso, de aspecto turbio y con un intenso sabor a menta… es un país resumido en un vaso.
Los rastros de la presencia de España son visibles en los nombres de las calles, en los de muchos establecimientos comerciales, o en la pervivencia de varias iglesias, algunas de ellas en estado de ruina. Además de la herencia palpable y, casi siempre decrépita, que dejaron nuestros abuelos, hay más; mucho más. Hay un rastro vivo, actual y que renueva y mantiene encendido nuestro vínculo con esta tierra, a pesar de que las autoridades han intentado borrar cualquier vestigio de nuestra estancia. Casi la cuarta parte de los coches que pasean alrededor de la plaza llevan placas de matrícula españolas. Aquí los coches, durante los días de fiesta, se utilizan para dar vueltas alrededor de la plaza principal y recorrer las calles más concurridas. Es el reflejo de su éxito, es la prueba de que salieron de este país para escapar de la miseria, de la pobreza, del atraso, y lo consiguieron. Es el reclamo para los que se quedan. Los orgullosos propietarios discurren lentamente frente a los grupos de personas sentadas en las terrazas de los cafetines. El coche reluciente, las ventanillas bajadas, a pesar de la fina lluvia, el brazo apoyado en la puerta con el codo hacía fuera en actitud relajada y orgullosa. De vez en cuando pasan frente a algún conocido y entonces, reducen la ya de por si escasa velocidad, saludan efusivamente y, si el aludido aparentemente no se a enterado del saludo, tocan repetidamente la bocina. En el caso de cruzarse con amigos cercanos, detienen el coche, aparcan en segunda fila a pesar de que haya un hueco en primera, no sea que los otros vehículos enmascaren su reluciente montura, y se bajan a charlar un rato. En general, las conversaciones, por lo que desde lejos puede deducir una persona que además no conoce su idioma, giran entorno a las potentes máquinas y sus felices poseedores. El conductor hace gestos hacía el vehículo y gesticula y habla alegremente sin parar, mientras los parroquianos le observan detenidamente y corresponden a su entusiasmo asintiendo seria y reflexivamente con la cabeza. Aquellos grupos que no participan en la conversación con el elegido, murmuran desde la distancia y lanzan miradas de disimulada envidia al “español” y al flamante reflejo del éxito de su aventura. El volverá después de sus vacaciones al que sus compatriotas creen que es la representación en la tierra del paraíso, mientras ellos seguirán en este valle de lágrimas penando y soñando con el momento en el que también les llegue la oportunidad de acceder a su porción de gloria. Si lo consiguen les tocará, a su vez, comprobar que solo han cambiado su valle de lágrimas por otro muy semejante, en el que diferentes miserias sustituyen a las que han dejado atrás, eso si, edulcoradas por los destellos materiales de su aparente felicidad. Pero eso no se lo contarán a sus amigos cuando vuelvan, pues tan solo lo harán acompañados por esos rutilantes destellos, mientras dejan la suciedad almacenada en su piso de los suburbios esperando fielmente su vuelta para abrazarlos.
Y mientras tanto, todos seguimos sorbiendo té tranquilamente en Larache.

Antigua ciudad de Lixus (fenicia y cartaginesa). La leyenda quiere situar en Larache, el mítico “Jardín de las Hespérides”, donde se encontraban las manzanas de oro guardadas por el dragón Ladón. La ciudad se considera como una prolongación geográfica e histórica natural de la antiga Lixus, situada a tres kilómetros.

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