Iwol

El pueblo de Dominique

Como es costumbre en el ecuador, donde amanece a las 6 de la mañana, sea verano, invierno o vísperas de de rebajas, nos levantamos temprano, tras haber tenido durante la noche pesadillas con los babuinos.

Dominique nos pasó a buscar por el campamento comunal para llevarnos a visitar su pueblo y la cascada de Dindefelo, famosa en la región. Técnicamente éramos nosotros los que le íbamos a llevar a él, ya que iría en la parte de atrás de mi moto. No sé como lo hago, pero en todos los viajes acabo con algún paisano sentado en mi burra ¡Con lo borde que soy!

Los tres puntos a los que fuimos ese día

El día anterior habíamos pactado con Dominique un precio razonable, 7.500 CFA de vellón por todo un día a nuestro servicio, que no al de su majestad, como James Bond. Al cambio son unos 12 €. Lo sé, es una locura, pero el chico nos había caído bien y decidimos rascarnos el bolsillo. Los “cefas” corrían por entre sus dedos como el maná entre los dientes de los hambrientos israelitas.

Su pueblo se llamaba Iwol. nos acercamos con las motos por medio de una zona que cada vez se iba volviendo más espesa y escarpada. Una zona de monte bajo, pero espeso, típica de esa zona de transición entre el sahel y el África ecuatorial. Finalmente tuvimos que dejar las motos y proseguir a pie. Con unas enduros no habremos tenido problemas, pero nuestras sufridas “trail” tenían que conservar su integridad hasta que no nos dejaran sanos y salvos en España. Apenas habíamos traído equipaje, y Dominique nos indicó que en la zona nadie las tocaría durante nuestra excursión.

Dejando las motos aparcadas en el “parking público” para seguir el ascenso hasta Iwol

Iniciamos una ascensión bastante dura, con botas y ropa de trail, que no eran las más adecuada para esa travesía. Pronto comenzamos a sudar la gota y gorda, y optamos por sacarnos gran parte de la ropa. Hicimos una entrada triunfal al pueblo medio en cueros. El poblado era uno de los lugares más apartados y auténticos que habíamos visitado durante el viaje. El clásico pueblo que ves en las película de “Las minas del rey Salomón”. Un conjunto de pequeñas chozas circulares construidas en adobe, con techo cónico de paja.

Ruta de ascensión a Iwol

Iwol es el pueblo de la etnia bedik. Los bedik son mandingos, diferentes a los peul, la población mayoritaria de la región de Kedougou. Son originarios de Malí, de donde vinieron huyendo de una guerra tribal. Los casi 500 habitantes de Iwol, se reparten entre 4 familias principales; los Keitas que son las autoridades, los Camaras y los Samouras, organizadores de fiestas y saraos, y los Sadiakus que mantienen vivas las tradiciones y las costumbres ancestrales.

Vistas desde Iwol.

Dominique nos presentó a varios familiares, que eran de la familia Samoura, los de las juergas, y a los próceres y a las fuerzas vivas del pueblo. Anduvimos entre las chozas, y la gente se mostró muy amable y nos invitó a entrar en algunas de ellas. No debían de recibir muchas visitas, y menos de un par de motoristas venidos desde España. Si hubiéramos podido traer las motos, aún seguirían hablando de nosotros y seguro que entrábamos de lleno en la leyenda del pueblo.

Feliz con el mosquete entre mis piernas

Las chozas eran muy sencillas, y el interior extremadamente funcional. Uno o varios jergones, dependiendo de cuanta gente habitara la choza, construidos con fibra vegetal trenzada, utensilios para la agricultura colgados por las paredes y bolsas y cajas diseminados por el suelo para los enseres. En el centro había un hogar, que hacía las veces de estufa para los días de frío y cocina para el día a día. El humo escapaba por una pequeña abertura practicada en el centro de la techumbre.

Con Dominique en el interior de la iglesia de Iwol

En una de ellas me encontré una curiosa sorpresa. Había un viejo mosquete de avancarga del siglo XIX en bastante buen estado. El dueño, por medio de la traducción de Dominique, me contó que era de su abuelo, que había servido en las fuerzas coloniales francesas. Los europeos solían dotar a las tropas coloniales de armas y pertrechos obsoletos, sobrantes de las fuerzas europeas. Por un lado eran armas más que suficientes para mantener el orden público y poder superar a los primitivos armamentos de los nativos, pero por otro lo hacían para evitar que en caso de revuelta, las tropas coloniales estuvieran mejor armadas que las europeas.

Después de visitar algunas casas más y una iglesia, que guardaba ese exquisito ambiente del culto cristiano visto desde la perspectiva de los africanos, nos fuimos del pueblo a recuperar nuestras motos y seguir camino.

Cascada de Dindefelo

La cascada más alta de Senegal

Una vez a bordo de la “burras”, Dominique nos llevó por una bonita pista hasta la cascada de Dindefelo. La pista tenía unos últimos 20 km. en muy mal estado. Por suerte no había demasiada agua y las vistas eran excelentes. Supongo que el que más sufrió fue Dominique, ya que las motos de trail no suelen ser muy confortables para el pasaje.

La cascada de Dindefelo está dentro de el parque natural del mismo nombre, y es la más alta de Senegal, con 115 m. de altura. Dindefelo significa “Al lado de la montaña” en pulaar, el dialecto de la etnia Peul, la mayoritaria en la región de Kegoudou. Se encuentra muy cerca de la frontera con Guinea Conakri.

La cascada cae como un fino hilo de agua por una imponente pared de roca estratificada, cubierta en parte por vegetación. En la base se ha formado un plácido estanque en el que te puedes pegar un buen baño, y al que acude la gente de los alrededores a pasar el día.

Nos cobraron 500 CFAs por acceder al parque en el que están enclavadas las cascada de Dindefelo, que pagamos encantados a la vista del baño que nos íbamos a pegar. Nos compensaría la sudada que nos metimos de subida al pueblo de Dominique. A los pies de la misma cascada había unos cuantos chiringuitos en los que comimos un arroz con pollo y tomamos unas cervezas.

“Excursión” a Guinea Conakri

Sin permiso de la autoridad competente…

Después de una buena siesta, Dominique nos indicó que por una pista podíamos llegar a Guinea y se podía entrar de forma ilegal. No nos pudimos resistir. Trasgredir las normas está en nuestra naturaleza. Si lo haces de una forma inocua, sin causar ningún mal ni molestia, entonces ves colmadas tus aspiraciones de pirata de opereta y sientes que durante un tiempo has estado al otro lado, que has habitado en lo oscuro, aunque sea en un tono de opereta ¡Que más da! Al fin y al cabo nuestra vida suele ser una ópera bufa, hay que seguirle el juego.

Dicho y hecho…. traspasamos la línea fronteriza, penetramos unos kilómetros de forma ilegal en Guinea Conackri, y paramos para hacer un pis, que es una de las formas de dejar huella en un país, de dejar algo que salga de ti.

La aventura duró un suspiro, lo que tardó en volver el sentido común a nuestras cabezas, y volvimos por el mismo camino a nuestra legalidad senegalesa.

Rematamos la jornada en el bar “Africa” de Kedougou, tomando unas cervezas y comentando las jugadas del día. Solo lamenté no haberme traído el mosquete, pero me daba la impresión de que no me iban a permitir pasarlo por la frontera.

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