Cuando apenas llevábamos cinco minutos circulando por la Reserva en nuestro jeep, descubrimos un impala muerto a los pies de un árbol. Nos cuentan que ha sido un leopardo, al que no le ha dado tiempo a subirlo ante nuestra inminente llegada y lo ha dejado, de momento, a la espera de poder gozar de su banquete con absoluta paz y tranquilidad. Ya os podéis imaginar la emoción y las ganas de sorprenderlo, cosa dificilísima por otro lado. Proseguimos ruta y decidimos volver tras la comida por si hubiera suerte. Así lo hicimos, pero del leopardo ni rastro y el impala ahí seguía, esperando pacientemente a ser engullido. Al fin y al cabo el pobre disponía ya de toda la eternidad para esperar y desesperar.

Tras un día completo de safari llegamos al campamento al anochecer y empezamos, unos a ducharnos, otros a bebernos una cerveza y todos a descansar de tanto bache, calor y polvo. Después viene la cena con visita de hiena incluída (cosa comprensible porque el cocinero y su ayudante eran candidatos a las cinco estrellas de la Michelín) y la sobremesa. Para poneros en situación, el campamento está en mitad de la reserva, de tal forma que las tiendas de campaña y nosotros mismos, nos encontramos totalmente expuestos a todo tipo de “animalillos”. No hay vallas, ni alambres, ni señores con rifle en mano para casos de emergencia.

Reconozco que siempre soy de las primeras en retirarse, así que cuando apenas llevaba mi compañera de tienda un cuarto de hora recluída “en sus aposentos” yo hago lo propio y me voy a dormir. Entro en la tienda y empezamos a charlar del día mientras me pongo el pijama. De repente suena un gruñido justo detrás de nuestra tienda. Mientras nos miramos extrañadas le pregunto a Rosa: ¿Qué ha sido eso? Sinceramente, pensé que se trataba a lo sumo de un facocero, pero notamos revuelo y movimiento de frontales en el exterior. Abro la tienda y pregunto qué pasa. Un leopardo que ha cruzado el campamento, nos dicen. ¡NO PUEDE SER! ¡Y YO DENTRO! Salgo corriendo, descalza, con la esperanza de no llegar demasiado tarde. Lamentablemente ya se había marchado. ¡¡¡NOOOOOO!!! ¡CON LO DIFÍCIL QUE ES VER UN LEOPARDO! Si la consigna hasta el momento era evitar en la medida de lo posible salir por la noche al baño y en caso de necesidad hacerlo con precaución, a partir de ese momento la prohibición fue absoluta. El leopardo se iba a quedar por la zona, así que quien creyera no poder aguantar que se llevara una botellita a la tienda y se las apañara. Así que a la cama con una mezcla de sensaciones, por un lado rabia, por otro frustración y, sobre todo, bastante pena por haber perdido el momento. Al menos lo he oído, me decía yo antes de dormir, intentando en vano consolarme.
Nos despertamos a la mañana siguiente a las 5:00 am y tras el desayuno nos ponemos una vez más en marcha. “Mira que si vemos el leopardo… ” pensaba yo intentando animarme todavía pero sin creérmelo demasiado. !!!Et voilà!!! De repente, tras media hora escasa de safari, nuestro conductor señala un punto y nos dice que ¡¡¡HAY UN LEOPARDO!!!. Yo no sé si alguien ha hecho safaris, pero quienes los hayan hecho seguro que saben que en esos casos, en los que se ve un animal especialmente difícil, el pulso se acelera, se prepara la cámara y sobre todo se sonríe mucho de pura felicidad. Ahí estaba pero como buen felino no se iba a dejar ver con demasiada facilidad y menos fotografiar. Menos mal que la pericia y la experiencia del conductor le ganaron el pulso a las ganas de esquivarnos del animal y finalmente conseguimos verlo en pleno esplendor cruzando la carretera. Sencillamente maravilloso. No me creía mi buena estrella. Me hubiera dado por satisfecha pero aún quedaba más…

unusualtravels-leopardo2-moremi El día prosiguió y continuamos ruta dentro de la reserva de camino al Parque Nacional de Chobe. Lo habitual en estos casos es que cuando te cruzas con otros vehículos de otros grupos los conductores se paren a charlar y a informarse de donde están los animales que se han ido viendo hasta el momento. Cual será nuestra sorpresa cuando en una de esas, nos dice nuestro conductor que otro grupo ha visto un leopardo, otro leopardo. Pues habrá que ir a ver si hay suerte y sigue allí…

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Ahí estaba elegantemente tumbado en una rama. Cercano y a la vez inalcanzable. Bellísimo. Es una suerte poder ver un animal tan fabuloso de una forma tan cercana y durante ¿cuarto de hora?, ¿veinte minutos?, que sé yo. Lo cierto es que el tiempo se congela y lo único que tratas es de absorber las imágenes, impregnarte de ellas e intentar que cuando tan sólo sean un recuerdo sean el mejor recuerdo que pudiste llevarte del momento. Lo miras, lo fotografías, agarras los prismáticos en un intento de que parezca que estás más cerca. Es magia pura de esa que te brinda la vida de tanto en tanto.
Estábamos claramente en racha. Parecía que nada podía superar la carambola que hasta el momento habíamos tenido. Error. Las cosas siempre pueden ir a mejor.
La demostración llegó al día siguiente. Último día de safari, que comenzó, como venía siendo habitual, a la hora en que en Madrid te acuestas después de una noche de juerga. 4:30 am y todos en pie. Desayuno y al coche que hay que aprovechar. Os podría contar que vimos leones con la cara ensangrentada tras el banquete de avestruz y elefante. O que habíamos disfrutado de dos grupos distintos de perros salvajes que resultan también difíciles de ver, pero este texto va de leopardos y hay que centrarse. Seguro que ya lo habéis adivinado… Un tercer leopardo, macho en este caso, ya que las dos anteriores eran hembras, se deja ver. Ahí estaba yo, otra vez emocionada y sorprendida de tanta buena estrella y diciéndome a mí misma que seguramente este año tocaba carbón en Navidad, porque los regalos me los había llevado puestos en el viaje en forma de recuerdos, imágenes y vivencias.

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Y aquí concluye la historia de como vi tres leopardos y medio porque yo al gruñido lo tengo que contar como medio leopardo por fuerza.
¿Verdad o mentira? A vosotros os toca decidir. Otro día os cuento la historia del babuino que me atacó tras darme un baño en la Piscina del Diablo.

Cristina Recuero Gallego. Octubre de 2014. Reserva Moremi, Botswana.

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Cristina, nuestra intrépida “cazadora” de leopardos

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