Una etapa de transición, que nos resultó larga y pesada

Relativamente temprano, tan solo relativamente, no me presionéis, que la noche había sido movida, salí de un pueblo de los alrededores de Touba para unirme con Miguel en Saint Louis.

El día anterior había llamado a Javier para ver si estaba ciudad y nos daba cobijo en su casa. Lamentablemente no se encontraba por ahí, por lo que no quisimos pegar la gorra estando el ausente. Llegué a la ciudad y me encontré con Miguel en el hotel que habíamos convenido cuando nos separamos.

Una vez ahí comenzamos a preparar la salida de Senegal con destino a Mauritania. Recordábamos la frontera de Rosso como un infierno en la tierra, por lo que decidimos que valía la pena intentar evitarla por todos los medios posibles. Todos los medios posibles abarcaba mar, aire, tierra, e incluso la posibilidad de practicar un túnel entre los dos países, algo que descartamos, ante el escollo que representaba el río Senegal, frontera natural entre ambos territorios.

Nos habían comentado que existía la posibilidad de cruzar por un paso fronterizo que hay en el dique de la presa de Maka-Diama.

Maka-Diama se construyó para evitar que el agua del mar subiera desde la desembocadura del río Senegal hacía el interior del cauce, salinizando la tierra e impidiendo su utilización para la agricultura. Antes de la construcción, las aguas saladas se adentraban más de 200 km. río arriba.

Piraguas en Saint Louis du Sénégal

Piraguas en Saint Louis du Sénégal

Llegamos relativamente rápido al puesto fronterizo, ya que se encuentra a unos escasos 20 km. de Saint Louis. Todo parecía que iba como la seda y, estando en África, es como decir que algo no marcha como debería, que estés alerta porque se está trastocando el devenir natural de las cosas. El paso fronterizo existía, estaba delante nuestro, estaba tranquilo, y parecía que lo íbamos a pasar en un periquete, sin largas ni tediosas esperas o triquiñuelas por parte de los amables funcionarios a cargo del puesto.

¡Pero ay! como ya nos olíamos, todo fue un espejismo. Al presentar los papeles, nos dijeron que por ese paso no se pasaba, ni bien ni mal. Según las leyes senegalesas, solo se podía salir por el puesto fronterizo, si se había entrado por él. Para el resto de los mortales, Rosso era la respuesta. Creí que podría arreglarlo con pasta, como suele ser habitual, pero parece que la ley era inflexible, ya que la seguridad del paso estaba en manos de militares, cuya corrupción se medía en niveles que nuestro escaso peculio no podía alcanzar.

Sin más dilación, dimos la vuelta y nos encaminamos a marchas forzadas hacía la carretera que nos conduciría hasta el temido paso fronterizo de Rosso. Resignados, nuestras ganas de combatir eran muy exiguas, y pensábamos claudicar ante cualquier requerimiento monetario de los aduaneros.

A toda pastilla por la carretera nacional 2, confiábamos en llegar a Rosso antes de la hora de comer, para no interrumpir la colación de los funcionarios, y así no incurrir en su ira, y además jugar con el hambre acumulada durante una mañana de duro trabajo, y las pocas ganas que tendrían de entretenerse en largas extorsiones antes de la colación. De pronto, como salido de la nada, apareció ante nuestras narices un policía de tráfico. Nos dio el alto y nos mandó aparcar las motos a un costado de la carretera.

Nos extrañó, dado que así como en las fronteras los funcionarios habían demostrado ser más corruptos que una convención de concejales de urbanismo, la policía apenas nos había molestado, y siempre se habían mostrado muy respetuosos.

Le entregamos la documentación al completo, todos los papeles, incluidas algunas hojas de higiénico que llevábamos por si surgía una necesidad, y se aplicó con esmero a revisar que todo estuviera en regla. Enseguida me di cuenta que nuestro amigo quería redondear su cuenta de fin de mes a nuestra costa. Ante la expectativa, renacieron en mi, no las ganas de pelea, pero si las de jugar al ratón y al gato, como en el paso por Gambia.

En Senegal, para circular por el país con tu vehículo, entre otras muchas cosas, necesitas un documento que se llama “passavant”, que es una autorización para moverte de forma temporal por el país. El que llevábamos, cubría quince días  de estancia, y hacía unos pocos días que se nos había caducado. En lugar de sacar uno nuevo, yo había añadido un 1 delante de la cifra del día de cancelación, añadiendo otras 10 jornadas extras de permiso. Todo ello al precio de un bolígrafo “BIC cristal, que escribe normal”.

El poli llegó hasta el passavant con cara de pocos amigos, después de haber comprobado que todo estaba en regla y que ese día no iba a poder tomarse unas buenas cervezas con sus amigos a nuestra costa. De pronto se paró y miró fijamente el “1” que había añadido. Debió de encontrar algo raro en mi caligrafía, que lo diferenciaba ligeramente de la original del documento, y se le dibujó una enorme sonrisa en la cara. Era tal la alegría que demostró cuando me miró, que me entró la risa y le dije -Nos has pillado amigo- Los dos nos empezamos a reír como niños, el aliviado ante la expectativa de no quedar mal con la pandilla, y yo divertido ante la situación. El único que no se reía, y que nos miraba como si estuviéramos locos, era Miguel. La misma cara que les puso a las pobres hijas de Madame Kiné. Sin parar a justificarme, ya que nos había pillado con todas las de la ley, le pregunté que por cuanto podíamos arreglarlo. Me pidió una cantidad razonable, le ofrecí una aún más razonable y, tras un amigable toma y daca entre pillos, unidos por nuestra mutua vulneración de la ley, fijamos una cantidad a medias entre ambos “razonamientos”, y seguimos cada cual muy felices nuestros caminos; El nuestro mucho más tortuoso que el suyo, en dirección a Rosso y con el bolsillo aligerado, el suyo, camino de casa y con el bolsillo atiborrado.

Llegamos a Rosso pasada la hora de comer.. Las salidas en este tipo de países con fronteras tan… ¿digamos especiales? no suele ser problema, lo malo acostumbran a ser las entradas. Deben de aplicar la máxima de “a enemigo que huye, puente de plata”. A nosotros no nos facilitaron puente alguno, pero si un maravilloso ferry a través del río Senegal, cuyos hierros herrumbrosos se nos antojaban entorchados de oro.

Ferry Rosso ©Bertramz

Y entonces, cuando desembarcados, cuando nos creíamos ya con un pie en Nouakchott, comenzó el purgatorio, por no decir calvario. Que inconsciente es la inocencia. Sobre todo teniendo en cuenta que ya habíamos pasado antes por la experiencia de Rosso, uno de los peores pasos fronterizos de África.

Tras media docena de tiras y aflojas a cuenta de papeles, equipaje de la moto, presión sanguínea de los viajeros (… nosotros) valoración de las medidas de la retaguardia de Kim Kashdarian, y unos cuantos motivos más con los que polemizamos pacientemente con los aduaneros, nos dijeron que el sello de entrada se lo había llevado el jefe del puesto fronterizo, y que deberíamos esperar a que volviera de almorzar en el pueblo cercano. De piedra nos quedamos. Querían sellar nuestro destino, no nos nuestros pasaportes.

Pregunté que cuanto tardaría. Me contestaron que no tenían la menor idea, ya que el jefe no tenía un horario fijo y que, además, el pueblo en el que comía estaba a unos cuantos kilómetros de Rosso.

Obviamente los tiros iban por otro lado. Como el ambiente era algo teso -estos mauritanos no tienen el sentido del humor de los policías de tráfico senegaleses- descarté preguntar directamente por la cuantía del soborno y les plantee, de la forma más inocente que pude, que opción teníamos para pasar la frontera con los pasaportes convenientemente sellados.

  • Pues lo mejor sería mandar un taxi al pueblo donde está comiendo, para que se traiga el sello lo antes posible -dijo uno de los aduaneros-
  • Ya… ¿y cuanto costaría mandar ese taxi?
  • Pues teniendo en cuenta que el pueblo está bastante lejos…
  • Ya…

Y se descolgó con una cantidad con la que generosamente podrían dotar todos ellos los matrimonios de sus hijas.

Orilla del paso de Rosso

Les di las gracias, salí de la aduana y le dije a Miguel;

  • Vamos a aprovechar para revisar las motos en este magnífico patio que han puesto a nuestra disposición durante varias horas. También dedicaré un tiempo a seguir escribiendo la épica crónica de esta gloriosa aventura.
  • ¿Y eso? ¿No se avienen a negociaciones?
  • Ya serían dos extorsiones en un mismo día, algo que me corrompería el alma. Llevamos todo el día sin parar encima de la moto y, además de joder a estos filibusteros, este lance nos servirá para descansar un poco ¿A no ser que tu quieras pagar la mordida?
  • No, no, ni mucho menos. Estamos a un tiro de piedra de Nouakchott y si hace falta dormimos aquí. No me sobra el dinero, mientras que el tiempo es más relativo.
  • Pues entonces de acuerdo. Como dice Sun Tzu “Siéntate tranquilamente a la puerta de tu casa, y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.

Limpiamos las motos, las engrasamos, revisamos algunos detalles del equipaje, simplemente por entretenernos, escribí algunas líneas y sesteamos tranquilamente ante la incrédula mirada de los aduaneros. Para ellos los europeos siempre llevamos prisa, por lo que piensan que apelar a nuestro tiempo es una medida infalible para sacarnos la pasta. En este caso pincharon en hueso.

Al cabo de un par de horas, salió un funcionario y nos dijo que el jefe ya había vuelto con el sello. Siguieron haciendo la pantomima hasta el último momento. Entramos, nos sellaron los pasaportes de bastante mala gana, y conseguimos entrar en la tierra prometida. Bismillah

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