Dicen que es el oficio más viejo del mundo. No se si el más antiguo, pero seguro que uno de los más demandados a lo largo de la historia. Algunas veces perseguido, otras ejercido de forma abierta y legal, pero casi siempre desarrollado en ambientes sórdidos y marginales.

Puticlubs, lupanares, burdeles, casas de putas o casas de lenocinio, cualquiera de los nombres es válido y seguro que me dejo unos cuantos localismos por el camino.

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Los antiguos romanos eran muy dados al putiferio y las casas de citas estaban a la orden del día en sus pueblos y ciudades. Cualquier grupo de ruinas romanas de cierta magnitud, cuenta con algún local destinado a ofrecer los servicios de meretrices. Curiosamente, aquellas mujeres que querían ejercer la prostitución, tenían que registrarse en la oficina del edil, que las concedía una  licencia para ejercer (licentia Stupri). En Pompeya hay un conocido lupanar, nombre que deriva de lupa, que en latín es loba y que era como se denominaba entonces a las putas, con algunas zonas muy bien conservadas y otras perfectamente restauradas.

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Hasta el prostíbulo se puede llegar siguiendo las indicaciones del mapa oficial, o buscando unos pequeños penes grabados en las losas de la calle, los decumano, que con su punta nos van indicando la dirección. Os aconsejo que os orientéis con el mapa, porque los decumanos no son fáciles de encontrar. El edificio consta de dos plantas, la inferior para el público en general y la superior para clientes más acomodados. Podemos visitar los cubículos donde las meretrices ofrecían sus servicios, decorados con frescos que describen las diferentes posturas y especialidades que comprendían estos servicios, así como con un gran número de pequeños graffiti en los que los clientes expresan su enfado o satisfacción con frases como: “echando un buen polvo por un denario”, “el hornero es un felón”, “Craso la tiene de un palmo” o “Cato se tira a Lucila”. Muy parecido a lo que se puede encontrar hoy en día escrito en la parte interior de la puerta del baño de un bar. Las fulanas que trabajaban en el prostíbulo solían ser esclavas y entre ellas había diferentes clases, como siempre ha sido y será… por mucho que Marx ponga el grito en el cielo. Estaban, por ejemplo, las cuadrantarias, llamadas así porque cobraban la miseria de un cuadrante por sus servicios, o las felatoras, especializadas en una modalidad de sexo que ninguna romana sería capaz de proporcionar. El servicio no era caro, entre 2 y 8 ases. (Teniendo en cuenta que una copa de vino venía a costar un as, vosotros mismos podéis calcular el precio que un servicio de este tipo podría tener hoy en día). Este lupanar era el único que había en Pompeya dedicado en exclusiva a la actividad sexual. Otros locales solían compartir los servicios de prostitución con otra clase de negocios, algo que en esa época era bastante normal.

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Aparte de la diversidad de locales, había muchos tipos de fulanas:

Meretrix: Prostitutas independientes.

Prostibulae: Ejercían en la calle sin pagar impuestos ni licencia (licentia Stupri)

Ambulatarae: Prostitutas que trabajaban en la calle o a la entrada del circo.

Lupae: Ejercían en bosques y descampados de los arrabales de las ciudades.

Bastuariae: Ofrecían sus servicios en el entorno de los cementerios… supongo que había a quien le daba morbo.

Noctilucae: Que solo trabajaban de noche

Forariae: Trabajaban en los caminos rurales que accedían a las ciudades. Como nuestros Clubs de Carretera.

Fornicatrices: Que hacían su “trabajo” al abrigo de arcos de puentes o arcadas de edificios. Curiosamente el termino fornicar proviene del vocablo latino fornix, que significa arco.

Copae: Ofrecían sus servicios en Capuonas, que eran tiendas de bebida y comida para consumir ahí mismo o para llevar a casa. En Pompeya hay varias muy bien conservadas con los mostradores en los que se ofrecía el genero.

Delicatae: Las fulanas de lujo o mantenidas, reservadas a los más poderosos.

En fin, que la decadencia del imperio romano no debió de ser tan dura como nos parece… por el camino se lo debieron de pasar de miedo, a tenor de las muchas señales que dejaron para la posteridad y lo reconocido que esta el oficio más viejo del mundo.

No dejéis de visitar el lupanar de Pompeya porque, aunque no es de las domus más espectaculares del yacimiento, alimentará vuestro morbo y os hará esbozar una sonrisa picarona.

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