Saint Louis, una ciudad que recuerdo con un cariño especial. Una ciudad con un barrio colonial precioso, que me recordaba a algunas ciudades que había visitado en el Caribe.

El bonito edificio del consulado belga

El soberbio edificio del consulado belga

Después del mal trago del puesto fronterizo de Rosso, llegamos escopetados a Saint Louis, deseando encontrar caras amables y una mano amiga que nos acariciara el lomo. Y vaya si la encontramos. En Saint Louis nos estaba esperando una de las sorpresas más agradables del viaje; Javier. Javier era un joven ingeniero agrónomo de Córdoba, que estaba trabajando en Senegal para la empresa COVAP, gracias a un acuerdo de cooperación que habían suscrito con el ministerio de agricultura senegalés. Rafael, que era un relaciones públicas nato, había contado a todo Córdoba el viaje que nos proponíamos hacer, y había conseguido algunas direcciones de cordobeses que estaban viviendo en este país. Fruto de sus gestiones, había hablado con Javier, el cual se había ofrecido amablemente a hospedarnos unos días en su casa. Para nosotros era todo un lujo poder conocer la ciudad de mano de un español residente en ella, y para él, tal y como nos dijo, era una maravillosa novedad dentro de su vida corriente en el país, recibir a un grupo de españoles.

Cayucos de pesca en la playa

Cayucos de pesca en la playa

Cuando llegamos, el día 12 por la tarde, Javier estaba trabajando y nos recibió y aposentó una señora que tenía empleada era el servicio de la casa. Como todas las casas de esa zona y de la mayoría de países árabes, tenía muy poco mobiliario. Un par de divanes y colchones en el suelo para dormir. A nosotros nos pareció un palacio. Decidimos pasar el día siguiente en la ciudad disfrutando de su hospitalidad y de una ciudad que se nos presentaba muy interesante.

De cena con Javier

De cena con Javier

El encuentro con Javier, a pesar de no conocernos, fue muy emocionante y divertido. Tras charlar un buen rato, le solté en plan sacar temas de conversación y por encontrar puntos de coincidencia.

  • Así que has estudiado la carrera de agrónomo en Córdoba. Obviamente será imposible que le conozcas, ya que te lleva por lo menos 15 años y no habéis podido coincidir, pero mi hermano Luis también hizo ahí la carrera.
  • ¿Luis Xxxx? ¡No me digas! Así que me sonaba el apellido. ¿Tu eres hermano de Luis? Que coincidencia. Resulta que justo antes de venirme para Senegal, fui a una cooperativa agrícola en Cantabria a que me enseñara ciertos procedimientos de funcionamiento para aplicarlos aquí… y el director es tu hermano. Un tío fenomenal que me trató de maravilla.

Vaya coincidencia encontrar a una persona a miles de kilómetros de tu casa que resulta que conoce a tu hermano. Este tipo de cosas le dan una dimensión mágica a nuestros viajes.

"Navegando" por las calles de la ciudad

“Navegando” por las calles de la ciudad

Al día siguiente Javier tenía trabajo por la mañana y no nos pudo atender, por lo que con sus recomendaciones, nos dedicamos recorrer la ciudad en las motos.

Como ya comenté al principio, Saint Louis nos gustó bastante. La parte más interesante de la ciudad está situada en una estrecha isla, delimitada por un lado por el mar y por el otro por el río Senegal. Javier vivía en la parte continental, que está unida a la isla por un puente de hierro erróneamente atribuían a Eiffel.

Con el río Senegal al fondo

Con el río Senegal al fondo

La ciudad colonial, antigua capital del África Occidental Francesa está declarada Patrimonio de la Humanidad. Conserva muchos y muy bellos edificios coloniales, que te hacen retroceder en el tiempo y te envuelven con en un ambiente de película en blanco y negro, en un film de aventuras. Nada más apropiado para el espíritu con el que habíamos encarado nuestro viaje por tierras africanas.

Cementerio a pie de playa

Cementerio a pie de playa

Durante el día recorrimos la Langue de Barbarie, que es la península que hay entre el río y el mar. Llegamos hasta la punta, en la que se encuentra la playa de Hydrobase y recorrimos el puerto pescador de Guet Ndar, lleno de cayucos que traían su mercancía con destino a los camiones destinados a transportarla a los mercados del interior.

El día anterior había sido de intensas lluvias, por lo que muchas de las calles estaban anegadas. Nos habrían venido mejor unas motos de agua. Al mediodía volvimos a la casa de Javier, que nos tenía preparada una comida típica de la zona, al estilo cous-cous árabe. Comimos en el suelo, sin camisetas debido al calor, y con las manos con el fin de sumergirnos por completo en las costumbres gastronómicas del lugar.

Comiendo en casa de Javier

Comiendo en casa de Javier

Por la tarde Javier, ya libre de responsabilidades profesionales, nos acompañó por la parte antigua de la ciudad, admirando su ambiente y su arquitectura colonial. Saint Louis es una ciudad volcada en la música, como gran parte de Senegal. Había grupos ensayando en los patios de las casas, músicos tocando en las esquinas y tiendas de discos por todos lados. Nos contaron que había un montón de pequeños estudios de grabación. Entramos en un patio y unos músicos nos invitaron a una improvisada sesión de jazz africano, que según parece introdujeron los soldados americanos durante la segunda guerra mundial. Fue una tarde muy especial.

Una chica en la playa de Hydrobase

Una chica en la playa de Hydrobase

Por la noche fuimos a cenar a un pequeño restaurante que conocía Javier. Después nos llevó a una sala de fiestas. Ahí nos tomamos unas copas y nos desencolamos con el divertido ambiente festivo de los senegaleses. Se celebraba un concurso de baile femenino. El premio para la ganadora era un enorme saco de arroz de unos 20 kilos. Los cuerpos de las bailarinas realizaban contorsiones increíbles y se movían con un frenesí desconocido para nosotros. Bebimos, bailamos, charlamos y disfrutamos como niños después de tantos días de ley seca. Entre tanta pista, tanto viento en nuestras caras y todas esas cosas que te da la libertad del desierto, una buena juerga nos vino de maravilla.

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