La princesa de Udaipur ya no está triste

Cuando voy a visitar un monumento, así como del estilo de Ursula Andress saliendo del mar en 007, las audioguías no suelen ser santo de mi devoción.

Entiendo que muchas veces aportan una información inestimable, pero prefiero leer a escuchar, e interpretar libremente a que me den su particular interpretación. Añado que al ser más sordo que una tapia, la mitad de las veces no me entero de lo que me están contando… un atenuante a su favor, que aún así no las acostumbra a librar de mi veredicto desfavorable.

El otro día, visitando el palacio de la Ciudad de Udaipur, hice una excepción y alquilé una. Creo que como llevaba tanto tiempo sin hablar español, me apetecía tener una charla profunda y fructífera, a ser posible dentro del ámbito cultural. La audioguía me pareció un buen interlocutor. Respondí a muchas de sus aseveraciones, pregunté educadamente antes de cada explicación y, lo mejor, la rebatí en algunos momentos, sin que en ninguna de la ocasiones me replicara, ni discutiera. Que educada ella.

Y ciertamente fue un acierto. No solo por la conversación tan interesante que mantuvimos, si no porque me contó anécdotas y detalles, alejados del tradicional academicismo, que contribuyeron a que la visita fuera una delicia.

De todo lo que charlamos, lo que más me impactó fue la historia de la pobre princesa, y cómo consiguieron, los cabritos de ellos, que dejara de estar triste.

Resulta que allá por el siglo XIX, el Maharajá de Marwan, que es el título de los gobernantes de Udaipur, tenía una hija bellísima. A causa de un grave error diplomático, la princesa de Udaipur había sido prometida a dos príncipes diferentes, ambos hijos herederos de dos reinos colindantes a Udaipur.

La metedura de pata era de órdago, y amenazaba con tener fatales consecuencias para el reino. Para agravar la situación, los dos principies se hallaban de camino a la ciudad, acompañados de sus respectivos séquitos, con el fin de conocer a su real prometida.

Aires de tragedia entraban por las puertas, las ventanas y los balcones de palacio, circulando por todos sus rincones, y helando la sangre de sus moradores.

Desairar a uno de los pretendientes, significaría un gravísimo agravio, que a buen seguro desembocaría en una sangrienta guerra.

Se sucedían los días, las delegaciones de los prometidos se iban acercando a la ciudad, y a nadie se le ocurría una salida digna, una solución que no ofendiera a alguno de los dos reinos.

Tras mucho exprimir los cerebros, y teniendo en cuenta que la opinión de la princesa no valía un pimiento, decidieron que lo mejor era que desapareciera de escena. Si no había princesa, no había conflicto diplomático. Pero el problema es que una princesa de Udaipur, de tal calibre, tan bella y virtuosa, no podía pasar desapercibida. No se la podía ocultar tan fácilmente, por lo que decidieron que la desaparición debería de ser permanente… vamos, que la princesa tendría que morir.

El maharajá estaba destrozado, pero tenía que elegir entre salvar su reino, o salvar a su hija. Yo no soy ni maharajá ni padre, pero si lo fuera, seguro que lo sería de una princesa, por lo que no sé muy bien lo que se debe sentir cuando uno se encuentra ante semejante tesitura. Cualquiera de las opciones es mala, a buen seguro.

Decidieron, con su conocimiento y aquiescencia, aunque no creo que antes la hubieran pedido su opinión, ni tampoco creo que ahora la opinión de la pobre princesa influyera mucho en la decisión, administrarle un potente narcótico junto a un veneno, para que muriera durmiendo, sin sufrir… ¡que considerados los desgraciados de ellos!

La primera de estas letales pócimas no le hizo mucho efecto. Las mujeres, si además son princesas de cuento, son más resistentes de lo que los políticos creen ¡No quería morir por el bien del reino la condenada!

La siguiente dosis si fue letal.

Acceso a las habitaciones en las que vivía la Princesa de Udaipur

La princesa de Udaipur, oficialmente se suicidó, y el conflicto diplomático quedó neutralizado. El maharajá, en su recuerdo, construyó uno de los pabellones más suntuosos del palacio de Udaipur, el Krishna Vilas, que hoy en día podemos admirar sin dejar de pensar en la pobre princesa que inspiró su maravillosa arquitectura.

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