lateral de uno de los Colosos de Memnón

En Lúxor, en la orilla occidental del Nilo, dos ciclópeas estatuas presidían el templo funerario del faraón Amenhotep III (1386-1349 a. C.) Los Colosos de Memnón son paso obligado en el camino que conduce del citado Luxor al Valle de los Reyes, y uno de los monumentos más visitados de Egipto.

El templo desapareció a causa de un  terremoto en 1200 a.C.,

…como quien dice anteayer, pero los colosos permanecieron en pie. Dañados pero enhiestos. Por eso eran colosos, y no unos mindunguis, o unas esculturas del realismo soviético, que solo duran un par de regímenes y tres o cuatro gulags, Estás estaban hechas para toda la vida.

Los colosos de Memnón estaban tallados originalmente en un solo bloque de cuarcita

Otro terremoto, este en el 27 a.C., las partió en varios pedazos, muy dañados por la erosión y los golpes, de suerte que ahora parecen un gigantesco Lego fabricado en  Bangladesh.

 Las figuras representan al faraón hierático, con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en  el levante, atento a la salida del sol. En su parte baja, a los pies de Amenhotep III, están esculpidas su madre, la reina Mutemwiya, y su esposa, la reina Tiy. Hay otros dos pares de figuras algo más pequeñas, que a día de hoy se están restaurando. Seis Amenhotep de tamaño ciclópeo, que si no estuvieran tan mayores, podrían formar un equipo de voleibol.

Y os preguntaréis como el bueno de Amenhotep pasó a ser conocido como Memnón, ya que ambos nombres se parecen tanto como una bailarina del Bolshoi a un mastín napolitano. Pues la culpa la tienen, como casi siempre, los romanos. Los romanos atribuyeron el origen de los colosos a un héroe de la guerra de Troya, de origen etíope, que se llamaba Memnón. Nuestro héroe, supuestamente, era hijo de Eos diosa del amanecer, y como los colosos cantaban al amanecer llamando a su madre, pues verde y con asas…

– ¡Espera, espera, espera…! ¿que cantaban al amanecer?

Vale, por partes, que esa es la siguiente leyenda alrededor de los colosos.

Pues si, antiguamente los colosos de Memnón, o al menos uno de ellos, el situado al sur, cantaba.

No como para ir preseleccionado a Operación Triunfo, pero cantaba. En el año 27 a.C. se produjo un terremoto que dañó severamente a los dos titanes. La explicación racional nos dice que el agua se filtraba por las noches en el interior de la piedra y, al salir el sol, se evaporaba. El ruido que producía el vapor escapando entre las grietas de la roca, unido al viento circulando por las heridas que el terremoto había dejado en las carnes de los gemelos Amenhotep, producía un sonido que era interpretado como un canto. El canto se perdió cuando el emperador romano (ya os dije antes que tienen la culpa de casi todo) Séptimo Severo, restauró la estatua, y las fisuras por las que se filtraba el vapor y el viento desaparecieron.

La leyenda popular cuenta una historia completamente diferente.

Uno de los colosos lloraba y se quejaba amargamente, cual plañidera peloponesa, por el estado en el que había dejado el terremoto a su gemelo. La restauración del coloso dañado por parte del citado Séptimo Severo, acalló sus quejas y nos lo dejó silenciado para siempre… o al menos hasta que otro terremoto le aclare la garganta.

Lo cierto es que durante el periodo griego, y el posterior romano, los colosos de Memnón eran un destino muy popular de peregrinación. Los supuestos cantos de los memnones eran interpretados como el lamento del héroe troyano llamando a su madre, la diosa Eos. Los romanos, emocionalmente estaban muy vinculados a Troya, ya que se consideraba que Rómulo y Remo eran descendientes de Eneas, uno de los pocos héroes troyanos que sobrevivió a la destrucción de la ciudad.

Luego están todos esos datos acerca de los colosos de Memnón que apabullan a unos y extasían a otros, acerca de las dimensiones, el peso, y esas cosas, con las que no me voy a extender, y que podéis consultar en Wikipedia.

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