martes, junio 25, 2019

Los indios son increíblemente curiosos. Aunque parezca un destino muy turístico, al país llegan cada año 14,5 millones de visitantes, que se diluyen entre una población de 1.200 millones de personas.

Para que os dais cuenta de la proporción, España, la mayor potencia turística mundial, recibe al año mas de 75 millones de viajeros, repartidos entre una población de 46 millones de habitantes. Por lo tanto, encontrarse con un occidental, excepto en las ciudades más populares, como Agra o Jaipur, supone para los indios una grata y enorme sorpresa.

Es muy habitual que te paren por la calle, muy educadamente, para pedirte que te fotografíes con ellos. Y si además eres rubio, o en tu grupo hay alguna persona de pelo claro, entonces se desata el delirio. También te piden que les fotografíes a ellos solos, en plan; llévate un souvenir y enséñale la foto a algunas chicas europeas.

Antes de la foto se presentan. Te suelen dar la mano, en deferencia a tu origen occidental, aunque su forma de saludar suele ser el “namasté”, que consiste en juntar las palmas de las manos y elevarlas hasta debajo de la barbilla, mientras se inclina levemente la cabeza y el cuerpo. Luego viene una retahíla de preguntas, normalmente en inglés, aunque tampoco le hacen ascos a soltarte una perorata en su idioma (hindi, urdú, kannadian, gujarati, bengalí etc…)

¿De que país eres, como te llamas, en que trabajas, estás casado, que es lo que más te gusta de la India, usas calzoncillos slip o bóxer o puedes tocarte la punta de la nariz con la lengua?… suelen ser las preguntas más habituales.

Yo al principio respondía de forma ordenada y absolutamente fidedigna. Más adelante decidí que, como muchos de esos datos jamás los iban a retener, e incluso puede que ni los entendieran, iba vivir una vida ficticia.

Comencé por los nombres…. ¡que más da que les diga que me llamo Moncho, Lady Gagá o Wilfredo el Velloso!

Eso si, decidí utilizar ciertas pautas. Lo primero deberían de ser nombres fáciles de pronunciar por mis nuevos amigos. Descarté algunos que me gustaban, como Liman Von Sanders, Olvido Hormigos, Erásmo de Rotterdam o François-René de Chateaubriand. Además era imprescindible la pertenencia a personajes a los que admirara, gente que molara de verdad. Por esta última razón dejé apartados, aunque me parecían muy sonoros, nombres como Cachuli, Antoñita la Fantástica o Vlad Tepes Dracul.

Con un grupo que admiraba mi moto en Forest Hill

Con mis gustos y preferencias mejor perfilados, comencé a realizar pruebas para ver la reacción de mis contertulios. Enseguida fui encauzando mis respuestas más habituales, mis dobles personalidades.

El que más éxito ha tenido, sin lugar a dudas, ha sido Sandokán. Lo pronuncian muy bien, les parece muy sonoro, y además, a mí es un personaje que me gusta horrores.; traía de cabeza a los ingleses, vestía modelos muy llamativos, y tenía una novia para tomar pan y mojar…

De todas maneras, y para que Sandokán no acabe usurpando mi auténtica personalidad, lo alterno con muchos otros más.

Unos chavales muy majos se partieron de risa ayudándome a hacer este vídeo

Chuck Norris es el segundo que más utilizo, seguido por Rasputín, Pocoyó, cuando estoy en plan infantil, Sultán, como homenaje al famoso semental que inseminó a la mitad de las vacas de Cantabria, y, cuando me siento con morriña de mi querida España, y no me importa que se líen un poco pronunciándolo, tengo la desfachatez de usurpar la identidad de mi admirado Chiquito de la Calzada.

Lo de mi profesión ya os lo contaré otro día.

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