Dejé Pushkar hace ya unos días, pero es justo que vuelva un poco sobre esta ciudad tan particular, en la que descansé unos cuantos días, y que me provocó sentimientos contradictorios.

Pushkar es una de las muchas ciudades santas del hinduismo. Al contrario que la mayoría de las ciudades consagradas, es pequeña, tranquila y relativamente limpia y ordenada, para los cánones indios. Tiene un agradable lago en el centro de la ciudad, en el que se realizan las ofrendas de los devotos hindúes. En las orillas del lago se asientan , nada más y nada menos, que 52 ghats. Los gahts son las escalinatas que llevan hasta el agua sagrada, y que suelen estar coronadas por un pequeño edificio perteneciente a cada una de las diferentes agrupaciones religiosas. Más o menos como las cofradías de Semana Santa en España.

Me agradó Pushkar, me sentí cómodo en Pushkar, me sirvió de bálsamo para las heridas que venía arrastrando de los primeros días del viaje, y por eso estará siempre en mi mochila de buenos recuerdos.

Los indios son muy indios, tienen una cultura y sociedad con rasgos muy acusados y una personalidad original y magnética. Y digo esto porque Pushkar es una de esas ciudades que, a pesar de la invasión de extranjeros, aún mantiene sus raíces bien asentadas. Y esa es la parte negativa de la ciudad. Se ha convertido en guirilandia, en el destino de todos los extranjeros que quieren vivir una teórica experiencia india, sin renunciar a sus pequeñas comodidades.

Cientos de “auténticos” sueltos por la ciudad, renegando de los viajes organizados y de los grandes lujos, creyendo que por vivir en una “guest house” en el centro de la ciudad, ya están experimentando la inmersión india. Rodeados de accesorios que los indios han acabado creando para su comodidad, viven en un mundo mestizo que en el fondo no es ni chicha ni limoná. Han creado su pequeño paraíso, pero que tiene poco que ver con la auténtica india.

De todas maneras, si pasáis cerca de ahí, no dejéis de hacer una pequeña visita.

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