Resumen del viaje a Etiopía

Etiopía, un país que hace tiempo deseaba conocer, y al que tarde o temprano estaba destinado a llegar. El viaje fue una carambola ya que preparando un trayecto completamente diferente, me llegó un email con una oferta de vuelo a Addis Abeba, que no pude rechazar.

Al día siguiente de la llegada, ya algo más descansado

Llegué a Addis de noche, sin reserva de hotel, lo que me produjo algunos quebraderos de cabeza para encontrar una habitación digna, algo que no conseguí, dicha sea la verdad. Pero es que aún no me había dado cuenta de que estaba en Etiopía.

Visitado Addis, algo que a los que viajéis por el país os invito encarecidamente a evitar, salí temprano en una furgoneta hacía el lago Tana, para visitar los magníficos monasterios que pueblan sus islitas.

De ahí viajé a la cercana Gondar, a la que llaman la Camelot africana, que me gustó a rabiar y en la que sentí que mi viaje había sido todo un acierto. Una ciudad con magníficos castillos y palacios de influencia portuguesa, reflejo de la importancia que tuvieron los reyes etíopes a lo largo de la historia.

Castillo de Fasilides en Gondar

Desde Gondar acerté a acercarme al pueblo de Woleka, uno de los lugares más curiosos que visitaría, en el que aún quedan algunos falasha, judíos etíopes, una reliquia histórica y antropológica.

Tras un par de días en Gondar, con algunos sucesos accidentados por medio, me reuní con Maru, una amiga que llegaba de España, con la que hice parte del resto del camino. De Gondar partimos hacía Lalibela, el pueblo de las iglesias ocultas, a donde arribamos cambiando varias veces de transporte, llegando a circular hasta con un amable camionero que nos transportó en la caja del vehículo durante el último tramo del camino.

Seguro que muchas veces habéis dicho a unos amigos el domingo “Nos vemos a la salida de la iglesia”… Eso es porque no vivís en Etiopía.

Lalibela, aunque sea la visita más tópica de Etiopía, es uno de esos lugares que al que hay que viajar al menos una vez en la vida. Es indescriptible. Y no solo por sus iglesias, por su naturaleza, por su especial ambiente de recogimiento y espiritualidad e incluso por las gentes tan interesantes y variadas con las que te encuentras.

Desde Lalibela volvimos hacía el sur, llegando hasta la ciudad musulmana de Harar, famosa por sus hienas, y por haber sido residencia del poeta y traficante de armas francés Rimbaud. Fue una de las visitas más interesantes, además de por la belleza de la ciudad, por el contraste que supone con el resto de Etiopía.

Hice algunos amigos en mi anterior viaje por Etiopía, que espero no encontrarme esta vez

Seguimos hasta el parque natural de Babile, famoso por sus elefantes, una subespecie que solo se da en Etiopía, para luego volver sobre nuestros pasos, ya que Maru tenía que regresar a España.

Una vez que acompañé a Maru, me encaminé, ya solo, hacía el sur, a ver hasta dónde me cundían los días y el dinero que llevaba.

Puerta de entrada de Harar… miles de años, y aún la están acabando

Quizás esa parte fue una de las menos interesantes del viaje. Ya estaba algo cansado, y los paisajes y lugares por los que pasé no fueron tan sorprendentes como lo que había visto al principio. O al menos eso me parecieron.

Conseguí llegar hasta Arba Minch, por cuyo lago navega a la búsqueda de hipopótamos y cocodrilos, y tapé hacía las montañas de la tribu Dorze, que se caracteriza por construir unas curiosas cabañas con forma de elefante.

Echando unas lanzas con un amigo dorze

Y a partir de ahí fue ya todo vuelta para regresar a España. Sinceramente, un mes me supo a poco, y quedaron muchos lugares por descubrir. Lugares que piden a gritos un segundo viaje, que haré en cuanto las condiciones sean las idóneas.

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