Ayer, así como quien no quiere la cosa, volviendo del desierto me quedé sin gasolina. Con tantas emociones, se me fue el santo al cielo, o el ermita al erial, no estoy muy seguro… el caso es que me quedé seco… pero seco cual mojama de Barbate.

Menos mal que me ocurrió en la carretera, en zona medio civilizada, si es que por esas tierras hay alguna que se pueda llamar así. La prueba es en este momento estoy escribiendo esto, y no en el estómago de una manada de chacales, o encadenado en la guarida de algún djinn (1).

Como había cobertura de móvil (es lo que tienen los desiertos modernos), comprobé que tenía una gasolinera a unos 15 km. de distancia. Muy resuelto, me dispuse a parar al primer vehículo que pasara, para que me socorriera… ¡pero ay!… una cosa es que la zona fuera un desierto, y otra muy distinta dejar la moto sola y cargada hasta los topes en mitad de la carretera. Todos mis gayumbos usados, mis lociones para mantener el cutis perfecto, incluso en condiciones de sequedad extrema, una bufanda de Naranjito que siempre llevo como amuleto en el fondo de la mochila… todo ello repito, podría caer en las manos equivocadas y suponer un desastre de proporciones bíblicas.

Recordé haber visto un par de kilómetros atrás un grupo de nómadas, acampados con sus búfalos al borde de la carretera. Decidí ir hacía ahí, empujando la moto, y dejarles la burra y el equipaje en consigna, con el fin de retomar mi idea inicial de parar un vehículo que me llevara a la gasolinera. Si alguien aprovechaba mis bienes, mejor que fueran unos nómadas, que no un ladrón de guantes, calcetines y alma ennegrecidos.

Así que me puse a arrastrar mis huesos y los hierros de mi moto por la carretera. De pronto, paró a mi lado un ángel de la guarda, con todo el aspecto del más miserable de los demonios.

Conducía una desvencijada moto a cuyo piñón le faltaban casi tantos dientes como a su boca, y en la parte de atrás llevaba un mugriento cofre, que le anunciaba como vendedor ambulante de hamburguesas.

Por señas, me preguntó qué me ocurría, por señas le expliqué mis desventuras y, siguiendo con las señas, alternadas con enormes salivazos de betel (2), me dijo que me iba a traer un par de litros de gasolina. Tenía que volver hacía atrás para conseguir un recipiente, para pasar luego en dirección a la gasolinera. Le di 200 rupias para comprar la gasolina y salió escopetado.
Yo seguí deshaciendo camino, más que nada porque quedarme quieto me corroe las entrañas… como al conejto de Duracell si se le sulfatan las pilas. Pasaba el tiempo, y mi harapiento amigo no aparecía.

He hecho el canelo – pensé- este jeta se ha fugado con la pasta, con el cofre de hamburguesas vegetarianas, y ahora está en algún oscuro rincón, colocado hasta las cejas con el betel adquirido a cambio de los litros que me iban a salvar el pellejo.

Al poco rato, cruzó otra moto con un señor mayor de aspecto venerable, y paró a mi lado… Comenzamos otra conversación por señas, onomatopeyas y exclamaciones, pero sin salivazos de betel por medio. El caballero abrió un pequeño cofre, bastante limpio y sin rastro de hamburguesas, que llevaba al costado de la moto, y sacó una botella con gasolina. Se me saltaron las lágrimas. Le pagué la gasolina, le prometí amistad eterna, eché el contenido de la botella en la moto y salí hacía la gasolinera

Justo a mitad de camino ¡sorpresa! una desvencijada moto cargada de hamburguesas con legionela, conducida por tipo echando salivazos a diestro y siniestro, me dieron alcance. Era mi mal juzgado amigo que volvía con su recipiente camino de la gasolinera.

Se me saltaron las lágrimas, e incluso estuve a punto de comprarle una hamburguesa. Fuimos juntos hasta la gasolinera, llené mi depósito y el suyo, y le dije que se quedara el dinero que le había dado. El, a todas luces también emocionado, a punto estuvo de meterme un salivazo de betel en la entrepierna.

Moraleja… no te quedes sin gasolina en mitad del desierto. Para el resto de interpretaciones más lacrimógenas, leer un libro de autoayuda.

1.- Djinn. Pequeños genios del desierto, un poco cabroncetes, en las culturas orientales.

2.- Betel. La baya que produce la planta de betel, se mastica como estimulante. Produce abundante saliva y tiñe de marrón las bocas de los adictos a esta asquerosa costumbre…

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